Semana Santa

CRUZ DE CRISTO - SEMANA SANTA

Domingo 15 de abril de 2019, 22.15; así empiezo escribiendo para vosotros el siguiente post y compartiendo la foto de vuestro ya conocidísimo y nuestro amiguísimo Isaac Abad.

Domingo 15 de abril, sinónimo a domingo de ramos del 2019.

22.15, hora en la que llego y descansando, mi cabeza empieza a darle vueltas, no a lo vivido si no a lo que está por venir a raíz de la festividad de hoy, del Domingo de Ramos. Día en el que Jesús entró en Jerusalén y en el que, por fin, llegó su reconocimiento público; por lo menos por la gente más humilde y sencilla, por sus discípulos y por los que siempre le acompañaron y estuvieron con El.

Sin dejar de pensar, seguidamente, mi mente me presenta los días que vienen, la semana que vamos a empezar y las festividades que están por llegar, esto es lo que todos esperamos y lo que todos sabemos, la Semana Santa.  Ahí es cuando, inevitablemente, mis palabras se empiezan a estremecer, aunque con mi razón a ras de piel entendiendo al 100 por 100 el motivo de su muerte y resurrección; a medida que mis recuerdos van proyectando las secuencias de lo sucedido día tras día en una de las semanas más festejadas del año por todos nosotros y el momento litúrgico más intenso de todo el año, empezando por el Jueves Santo, continuando por el Viernes Santo y Sábado Santo y terminando por el Domingo de Resurrección.

Podría escribiros cientos de folios con infinidad de palabras traspasadas del corazón por los sentimientos que en mí florecen toda esta Semana, pero pienso que es mejor haceros un pequeño resumen de ella con los días principales para mí y para todos, supongo, que son el Jueves Santo, el Viernes Santo, Sábado Santo y el Domingo de Resurrección.

Jueves Santo, escena de la Ultima Cena, escena que me llena de ternura y que me da una brutal lección, así como tantas otras escenas, pero esta en concreto se la da a mi humildad y actitud de servicio. Al ver que el mismo Jesucristo se pone al nivel de uno mas y lava los pies a cada uno de sus doce apóstoles. Qué mas quisiera yo tener siempre esta humildad y esta servicialidad independientemente del momento, día, hora y lugar.

Jueves Santo, día tras el cual nos confió los tres misterios que giran cada uno de ellos en torno al amor y que celebramos hoy: la Eucaristía, el Sacerdocio y la entrega del nuevo mandamiento del amor.

La Eucaristía, sacramento que El instituyó diciendo a sus discípulos: “Esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros. Esta es mi sangre, que será derramada por vosotros”

Sacramento sagrado del amor, de la entrega, de la donación de Jesús a nosotros. Sacramento de la unidad y de la comunión fraterna y sacramento de la solidaridad, disponibilidad y apertura con los demás.

El sacerdocio, sacramento instituido por El también en esa misma tarde cuando dijo a sus discípulos: “Haced esto en memoria mía hasta el fin de los tiempos. Proclamad la muerte del Señor hasta que vuelva”.

Y, el mandamiento del amor: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”.

Cada uno de nosotros debemos seguirle y reflejarlo en nuestras vidas de cada día. El espera, incansablemente, de todos nosotros el grado máximo de amor: Amarnos como El nos amó, lo que significa amar hasta dar la vida.

Viernes Santo, aquí es en donde os digo que, inevitablemente, se me encoje el alma y mi lagrimal se empapa. Al ver la pasión de nuestro Señor: su prisión, los interrogatorios de Herodes y Pilatos; la flagelación, la coronación de espinas, y la crucifixión en donde dijo sus últimas siete palabras, las cuales me parecen indispensables en este texto:

  • “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”:

No me digáis que esto no sea la máxima expresión del perdón

  • Cuando al ladrón arrepentido le dice: “En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”

         Aquí son otras claras palabras en donde nos revela que la Cruz es un misterio de                perdón.

  • Mujer, ahí tienes a tu hijo:

         No puede haber un acto aún mas generoso por su parte, no sólo nos da la vida, sino            que, estando en esa situación, en la cual no le quedaba ya absolutamente nada mas,          nos regala su madre para que también sea madre nuestra.

  • ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?:

         Inimaginable me resulta el dolor tan intenso y desgarrador por el que debió de                    pasar y por el que debía de estar pasando en esos momentos. Tal debió y debía de              ser que sus hondos gemidos llegaron hasta el cielo.

  • Tengo sed:

Es una de las palabras más radicalmente humanas. Con estas palabras, es la prueba           definitiva de que está sucediendo una muerte verdadera, de que quien hay en la                 cruz es realmente un hombre de carne y hueso, con pensamientos y sentimientos,             como cualquiera de nosotros.

          Y, no solamente siente sed física, sino que también siente sed de amor, misericordia           y compasión con que se entrega por cada uno de nosotros y que espera nuestra                   generosa respuesta.

  • “Todo está cumplido”:

          Palabras que expresan que ha cumplido con extrema justicia e incalculable amor la           voluntad del Padre, la de redimirnos a todos y cada uno de nosotros del pecado.

  • “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”

          Otra de sus palabras y la última de ellas en sus momentos de la cruz llenas de vida             y también retadoras para nosotros hacerlas vida y con las que puso                                         voluntariamente su alma en manos de Dios.

          Cuando pienso en el momento de la flagelación, la coronación de espinas y la                       crucifixión es donde mi rabia me hace gritar exclamando irónicamente: ¡¿Algo                   más?!

          Y, dejándome de ironías, me supongo que todos nos preguntamos lo mismo al                     respecto:

          ¿Se le podría haber hecho algo más, algo peor? ¿Se le podría haber humillado de                 una manera más injusta y salvaje?

          Fijaros por donde, que esa misma exclamación irónica, justo esa misma: ¡¿Algo                   más?! Es las que muchas veces le digo a El cuando las cosas no vienen como quiero,           necesito o considero que deben venir. Mientras que, lo que debería de hacer es                   aceptar lo que viene con humildad y si le tengo que decir algo, es decirle: “Señor,               aquí, en tus manos me abandono y a tus pies dejo lo que tanto me pesa”, porque                 delito tiene lo mío, el quejarme a El después de todo lo que sufrió por mí, por tí, por           vosotros, por nosotros; es decir, por todos.

Sábado Santo, día no tan mencionado, pero igual de importante que cualquiera de los otros tres. Día de oración, reflexión y silencio esperando la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Y qué mejor compañía para ello que nuestra Virgen María, que es la Madre del silencio, de la sencillez, de la humildad y del dolor; a quien no es necesario decirle nada si en estos momentos las palabras no son capaces de salir de nuestro interior.

Estando con ella con sólo nuestro silencio, dolor, tristeza y espera es más que suficiente.

Domingo de Resurrección, diariamente doy gracias por este día, y aquí es donde digo: “¡Sí Señor! ¡Jesucristo ha resucitado!” Dia en el que Jesús vence a la muerte regalándonos la vida y dándonos la oportunidad de salvarnos, de poder entrar en el cielo y vivir eterna y felizmente junto con Dios.

Ahora lo que quiero y lo que a El le pido, es que esta Semana Santa no me pase desapercibida y disfrutarla al máximo pegada a Él dejando el orgullo a un lado consintiendo que Cristo me lave los pies, permitirle que eduque mi humildad haciéndome tan sencilla como El y aprendiendo de su entrega por los demás.

Acompañarle en la Cruz ofreciéndole todas mis pequeñas cruces por un sólo motivo, por AMOR y sin quejas sin sentido, o al igual con mucho, pero anteponiendo el amor y la entrega a las quejas e incógnitas que en según qué momentos me resultan tan difíciles de despejar.

Aprender a acompañar en la espera, silencio y soledad a la Virgen María, mi madre, la mejor madre que me pudo dar.

Y, sobre todo, permitir que Cristo resucite en mi corazón, no sólo esta semana, si no todos los días del año.

Eva Sena.

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