“El arte y las flores”

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Hace unos días, iba en uno de esos ratos de metro, pensando en este blog, cuando entró una chica invidente al vagón y me hizo pensar. A priori me dio pena, que ella, no podía disfrutar de ver las flores, y luego me di mucha más yo, que sólo las apreciaba visualmente…  y es que se puede apreciar su belleza con todos los sentidos.

¡No es de extrañar que cualquier disciplina artística se haya inspirado en las flores y haya querido recoger ese momento de “arte efímero” para la posteridad!

¡Mantener vivas esas “naturalezas muertas”!

La mayoría de los grandes pintores se han rendido a la belleza de las flores:

Monet y sus Lirios de agua, Iris de Vincent Van Gogh, (¡la obra más famosa del pintor, por encima de los Girasoles!), las míticas Flores de Andy Warhol, Flores en un florero de Renoir, o las de Manet, toda la obra de la maravillosa y controvertida Georgia O’Keeffe…

Pero si en alguien me quiero detener, ¡es en Rachel Ruysch! una de esas mujeres que han destacado en la historia, de la pintura florar.

Nacida en La Haya, en 1664, hija de un botánico, consiguió plasmar como nadie la belleza de las flores. Sus combinaciones sobre fondos negros, con una luz y una armonía en el color fuera de lo común, trabando el gran formato con un realismo impecable.

Casada con un retratista, y madre de 10 hijos, supo conjugar la feminidad, la exuberancia y la elegancia de la flor como nadie. Siglos después floristas y pintores pueden seguir aprendiendo de sus composiciones florales y cromáticas y todos, admirando su obra, que, por otro lado, pintaba flores que jamás habría visto sino llega a ser por la profesión de su padre y ese sentido de la curiosidad que cualquier artista tiene que tener.

El matrimonio, llegaron a ser pintores de la corte, vivieron de sus obras y hasta poco antes de morir a los 86 años, no dejó de pintar. Sin duda, no era sólo su profesión, era su pasión, ¡su vida! Dejó un legado de más de 100 obras, a cual más preciosa.

Reconozco como un don, la sensibilidad que me ha regalado Dios para disfrutar de su creación. Para llegar a Él a través de ella. Hemos sido creados a imagen y semejanza Suya, por lo que no me extraña, que tengamos sus mismos gustos, o al menos podamos apreciar la misma belleza.

Me resulta muy fácil llegar a Dios observando e indagando en la perfección de la naturaleza, de su belleza… y siento la necesidad de memorizar lo que estoy viendo, de perpetuar el mayor tiempo posible ese placer.

Disfruto de ello tanto, que me veo rezando y alabando a Dios muchas veces delante de mis plantas y en especial de mis orquídeas.

Todo empezó un día del mes de marzo que mis padres me regalaron una orquídea. Era tan preciosa, que no podía dejar que se muriese, ni la planta, ni el recuerdo de un regalo hecho con tantísimo cariño. Sentía la necesidad de fotografiar, incluso pintar todas y cada una de sus flores. ¡En mi reciente incursión en el mundo de la pintura, lo primero que pinté fueron flores, paisajes, siempre naturaleza! ¡Siempre copiando y admirando la obra del primer Artista!

Poco a poco empecé a indagar en el mundo de las orquídeas, a mimarla, a ver cómo perdía todas sus flores, y cómo aquella vara florar quedaba seca, dejando unas hojas grandes, brillantes, acartonadas, que seguían saliendo y creciendo y que siempre recordaban a aquellas flores que se marchitaron. Quizás cuidar de la planta en sí, es uno de esos momentos, como en la vida, que uno quiere ver “los frutos” ya, pero tiene que seguir cuidando todo con la misma dedicación y empeño, y la esperanza de que Dios hará el resto.

Y así fue. Llegó el invierno y volvió a florecer, y el verano… y fueron llegando poco a poco otras 3 orquídeas más. La naturaleza sigue su curso, ellas siguen creciendo a la vez que yo como persona.  En paciencia, en perseverancia, en admiración…. ¡En tantas cosas! ¡Y es que Dios se vale de todo!

¡Ya no sólo se trata de mantener viva una orquídea o un recuerdo, sino de mucho más! Mucha luz, nunca directa, una buena dosis de humedad, regarlas por inmersión con agua tibia, una maceta transparente… un algodón impregnado en limón para limpiarle sus hojas… una buena poda, sin descuidar que sus heridas se curan con canela, o trasplantarlas a tiempo… son cuidados que aprendes, todo vale, con tal de seguir disfrutando y participando de la creación de Dios.

Ana Cebrián,

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