“Moradas”

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En el viaje a España del año 2010 con motivo del Año compostelano en Santiago y la consagración de la Sagrada Familia de Gaudí en Barcelona, Benedicto XVI afirmó que los santos españoles del siglo XVI, nuestro Siglo de oro, son las figuras que han diseñado la fisionomía espiritual del catolicismo moderno. Esto es especialmente cierto para la teología católica de la oración, marcada absolutamente por la experiencia espiritual de nuestra santa Teresa de Jesús (1515-1582), religiosa mística, maestra universal de espiritualidad, reformadora del Carmelo y doctora de la Iglesia. Mas allá de los datos concretos de su vida, su biografía es interesante desde el punto de vista teológico, porque fue leída por ella misma en clave espiritual, usándola como fuente de enseñanza espiritual.

En su numerosa obra, que incluye relaciones, poemas, un epistolario fecundo que demuestra su red inmensa de amistades, notas espirituales de cuño distinto, es necesario destacar el tríptico mayor de las grandes obras teresianas: El libro de la vida, una suerte de autobiografía espiritual que gracias a su genio se ha convertido en un clásico de la literatura universal que, sencillamente, enseña a vivir; Camino de perfección, un manual de introducción a la vida ascética y mística, compuesto originalmente para las primeras monjas del primer Carmelo descalzo de Ávila, pero capaz de mostrar a todos una senda de oración, contemplación y misión.

Y, finalmente, la gran obra de Castillo interior, más conocido por nosotros como Las moradas. Es su composición más madura, cuando Teresa ya era una monja veterana, una fundadora conocida por todos, para bien y para mal, y una maestra espiritual buscada por todas las almas que necesitaban luz para ahondar y sumergirse en el misterio de Dios.

Fue escrita entre la casualidad y la providencia, cuando arreciaron los vientos más hostiles contra la Reforma teresiana, y la Santa fue detenida y confinada en Toledo durnte casi todo el año 1577. Entonces, encerrada, cuestionada y mientras veía cómo la obra de toda su vida estaba siendo desmontada pieza a pieza, toda una vida de seguimiento fiel de Jesucristo y de experiencias de Dios resposó, se posó y se clarificó. Nació así su obra más profunda y más fina en el análisis teológico del don de Dios en la oración y de la reacción psicológica y espiritual del cristiano a esta gracia. Probablemente, Moradas salvó a la espiritualidad católica para la posteridad, cuando el mundo estaba cambiando radicalmente, haciéndose subjetivo y centrándose en la conciencia subjetiva.

Se sabe su hilo conductor: la famosa alegoría del alma como un castillo, rodeado por el foso del pecado, con salones distintos y variados que expresan los niveles graduales de la interioridad espiritual, que se van cruzando a traves de la puerta de la oracion, a medida que vamos penetrando cada vez más en la experiencia espiritual. El proceso culmina en el salón central, en el «hondón» del alma, en el salón del trono, donde espera el Rey, el Esposo, Cristo.

A lo largo de siete «moradas» o estancias espirituales, Teresa de Jesus describe la evolución de la vida en el Espíritu, y los grados de acercamiento progresivo a Dios. Las primeras tres Moradas abarcan la primera edad ascética de la vida cristiana, cuando la libertad del hombre espiritual tiene todavía un papel protagonista en el camino de santidad: esforzado, práctico, metódico. Representan los momentos de combate espiritual contra el pecado, el crecimiento del organismo virtuoso, el aprendizaje y ejercicio de las primeras oraciones, la conciencia de la gracia y de la propia miseria.

A partir de la cuarta Morada, la vía de la plenitud cristiana se abre de par en par. Teresa sitúa aquí el punto de inflexión de la vida cristiana: los que se detienen su crecimiento espiritual, y permanecen para siempre tibios, mediocres; y los que se atreven a seguir avanzando, y llegarán a «perfectos», como entonces se decía. Para ello, deben negarse a sí mismo, soltar las riendas y confiar plenamente en Dios, dejando que sea el Espíritu Santo el que guíe la propia historia, Él sólo, Él el único. Este acto de fe se ve recompensado por una experiencia de oración nueva, de «quietud», que llena el alma de paz, alegría y satisfacción realmente sobrenaturales. Poco a poco, esta oración se irá haciendo más contemplativa, a medida que el alma vaya adquiriendo una docilidad habitual a Dios más íntegra. En las últimas Moradas, se manifiesta la cumbre de la vida cristiana: el matrimonio espiritual, cuando el alma se vaya vistiendo de esposa y la comunión con Dios se haga intimísima, dulcísima, ardiente como no hay pasión en esta tierra. Teresa nos provoca, apoyándose en su propia experiencia, afirmando que los hombres no podemos conocemos un sabor más intenso y pleno, salvo el Cielo… «Vivo, porque no muero».

Moradas, y en realidad toda la doctrina espiritual de Teresa de Jesús, termina abierta. La experiencia de Dios vivida por la Santa no se parece en nada a esas espiritualidades burguesas e individualistas que pueblan nuestras librerías, nuestras charlas TED y nuestras propias cabezas, encerradas en sí mismas, orientadas a nuestra propio confort. El matrimonio espiritual, tan real como la vida misma, está llamado a ser fecundo. La mística Teresa está preñada de misión, es un apóstol vivísimo, desea hijos con la pasión del Tengo sed del Crucificado (cf. Jn 19) y así se lo ha enseñado al Carmelo: la oración cristiana es misionera, o no es. «Obras, obras, obras», pide a sus monjas, en el éxtasis de su amor a Dios.

La misma interpelación golpea la puerta de nuestras almas. Moradas es un hito de la cultura humana, citado y recordado constantemente en los siglos sucesivos por teólogos y literatos, católicos y cristianos, creyentes y no creyentes. Hasta la cursi Julia Roberts, en una película reciente pseudo-espiritual, Come, reza, ama (2006), confiesa: «es una gloriosa meditación divina».

Jaime Lopez-Peñalba,

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