“El Cirio Pascual, signo de Cristo, la luz verdadera”

foto blog 21-04

El lenguaje relativo a la luz se aplica en la Biblia a Dios; podemos encontrar expresiones como Dios “habita una luz inaccesible” (1ª Tim. 6, 16), “Dios es Luz y en Él no hay tiniebla alguna” (1ª Jn. 1, 5), “¡Dios mío qué grande eres! Te vistes de belleza y majestad, la luz te envuelve como un manto” (Sal. 104, 2-3). Y es que, ¿qué mejor manera de expresar que Dios es verdad, vida, amor… que recurriendo al simbolismo de la luz? Por eso encontramos también en la liturgia expresiones afirmando que Dios es “Luz sobre toda luz”, o dirigiéndonos a Él diciéndole que creó todas las cosas “para alegrar su multitud con la claridad de tu gloria”.

          La Biblia se abre con la luz creada por Dios (Gén. 1, 3) y en su última página nos dirá que la Jerusalén del cielo no necesitará ya del sol ni de la luna, “pues la gloria de Dios la ilumina, y su lámpara es el Cordero… allí no habrá noche” (Ap. 21, 23ss.)

          Pero es cierto que al hablar de la luz en la liturgia nos referimos sobre todo a Cristo. Es una de las imágenes preferidas en el Evangelio, como vemos en el prólogo de san Juan: “el Verbo era la luz verdadera que alumbra a todo hombre” (Jn. 1, 9) o en boca del mismo Jesús cuando nos dice: “Yo soy la Luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn. 8, 12). También el anciano Simeón, el día de la Presentación de Jesús en el Templo, lo había proclamado como “Luz para alumbrar a las naciones” (Lc. 2, 32).

          En la liturgia de la Iglesia, de todos los signos que nos hablan de Cristo luz, hay uno que destaca sobre todos: el cirio pascual. La palabra “cirio” viene del latín “cereus” (de cera), el producto de las abejas. El cirio pascual, que se enciende en la Vigilia Pascual es un símbolo de Cristo resucitado, Luz del mundo, que está siempre presente en medio de su pueblo; por eso, permanece encendido durante todas las celebraciones litúrgicas del tiempo pascual, situado sobre una columna o pie convenientemente adornado. Para entender el significado del cirio pascual, mucho más grande que cualquier otra vela de las que se utilizan en la Iglesia a lo lardo del año, y decorada de una forma muy especial, es necesario remontarnos a la celebración de la Vigilia Pascual, en la noche que precede al Domingo de Resurrección, a la que san Agustín llama “madre de todas las santas Vigilias”.

          Si miramos al cirio pascual, veremos que tiene una serie de dibujos e inscripciones. ¿Cuáles es su significado? Para entenderlo, lo vemos en la Vigilia Pascual, en el momento en que se bendice el cirio, justo antes de que se encienda su llama del fuego pascual. Veamos cuáles son estas inscripciones y lo que significan:

  1. La cruz: es signo de Cristo, y más concretamente de su sacrificio redentor, de sus padecimientos, que sufrió por amor a nosotros. Nos recuerda que el Resucitado, a quien representa el cirio pascual, es el mismo que fue crucificado y murió por nosotros.

En la liturgia de la Vigilia Pascual, el sacerdote traza la raya vertical de la cruz diciendo: “Cristo ayer y hoy”, y la horizontal diciendo: “Principio y fin”.

  1. Las letras griegas alfa y omega: son la primera y la última letra del alfabeto griego. Nos recuerdan que Cristo es el comienzo y el fin de todas las cosas. Esta designación aparece varias veces en el libro del Apocalipsis: “Dice el Señor: Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que ha de venir, el Todopoderoso” (Ap. 1, 8; cf. 21, 6; 22, 13). Nos recuerdan también que la Palabra de Dios es eterna y nos hablan de que ahora y siempre Cristo está vivo en su Iglesia, dándole la fuerza para afrontar un año más.

En la liturgia de la Vigilia Pascual, al tocar o trazar estas dos letras, el sacerdote nos recuerda: “Cristo, Alfa y Omega”.

  1. El año presente: en el cirio pascual se graba también el año en el que estamos, como signo de la presencia de Cristo no sólo al principio y al final de los tiempos, sino a lo largo de toda la historia; concretamente aquí y ahora, entre los que estamos reunidos alrededor del cirio pascual.

Mientras el sacerdote traza o toca estos números al comienzo de la Vigilia Pascual, dice lo siguiente: “Suyo es el tiempo / y la eternidad / a él la gloria y el poder / por los siglos de los siglos. Amén.”

  1. Los granos de incienso: en muchos lugares es costumbre también insertar en el cirio pascual cinco granos de incienso, colocados, uno en el centro de la cruz y los otros cuatro en cada uno de sus extremos. Simbolizan las cinco llagas de Jesucristo en la cruz, que conserva también en su cuerpo glorioso y resucitado.

En el momento de clavar los granos de incienso en el cirio, el sacerdote pronuncia una frase dividida en cinco partes, una para cada uno de ellos: “Por sus llagas / santas y gloriosas / nos proteja / y nos guarde / Jesucristo nuestro Señor. Amén.”

          En la celebración de la Vigilia Pascual, el cirio pascual, marcado con la cruz y con el signo de las llagas de Cristo, se convierte, por un momento, en signo de Jesucristo sepultado en la tumba, sin vida. Pero en ese momento se coge una llama del fuego pascual, que enciende el cirio y le da vida: la Luz del mundo ha regresado, ha vuelto de la penumbra de la muerte, y con ella la Iglesia vuelve a la vida y nosotros mismos tenemos la luz.

En efecto, es importante recordar que Cristo, luz del mundo, nos ha obtenido la salvación por su victoria sobre la muerte. Por eso, todos los cristianos estamos llamados también a ser luz del mundo (cf. Mt. 5, 14-16) con la luz de Cristo, a disipar la oscuridad de nuestro corazón llenándonos de la luz de Cristo, pues solo ella puede guiarnos por el camino verdadero que lleva a la vida, sólo la luz de Cristo puede eliminar nuestras oscuridades interiores, nuestros pecados y hacernos llevar así una vida acorde con nuestro ser cristiano. Esto se expresa en la Vigilia Pascual cuando, después de encender el cirio pascual y entrar en la iglesia, que permanece a oscuras, cada uno de los participantes encienda del cirio pascual una vela, iluminando así la oscuridad del templo con la luz de las velas.

          Además de este simbolismo de la luz, el cirio pascual es signo también de ofrenda, concretamente de la ofrenda de su vida que hizo Cristo en la cruz y que se perpetúa cada día en la celebración de la Eucaristía. En efecto, la cera se va consumiendo poco a poco en honor de Dios y de esta manera esparce su luz sobre los que están allí congregados.

         Por último, fuera del contexto de la Vigilia Pascual y del tiempo pascual, el cirio pascual está presente también en la celebración del Bautismo y en la celebración de las exequias, es decir, al principio y al término de la vida temporal, para significar que el cristiano participa de la luz de Cristo a lo largo de todo su camino en este mundo, como garantía de su definitiva incorporación a la Luz de la vida eterna.

          El día del Bautismo, el cirio pascual nos recuerda que por el sacramento del Bautismo también nosotros hemos muerto con Cristo y hemos resucitado a una vida nueva, la vida de Cristo, la vida resucitada y, en consecuencia, “si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios” (Col. 3, 1). El día del entierro, la luz del cirio pascual evoca el día de nuestro Bautismo para que recordemos que no sólo el alma vive eternamente, sino que también nuestro cuerpo está llamado a resucitar, ese mismo cuerpo que fue incorporado a Cristo por el Bautismo y se ha alimentado con el Cuerpo de Cristo en la Eucaristía.

          Termino con unas palabras preciosas del pregón pascual, que se proclama en la Vigilia del mismo nombre, y que son una exaltación del cirio pascual:

Sabernos ya lo que anuncia esta columna de fuego,
ardiendo en llama viva para gloria de Dios.
Y aunque distribuye su luz,
no mengua al repartirla,
porque se alimenta de esta cera fundida,
que elaboró la abeja fecunda
para hacer esta lámpara preciosa.

Te rogarnos, Señor, que este cirio,
consagrado a tu nombre,
arda sin apagarse
para destruir la oscuridad de esta noche,
y, como ofrenda agradable,
se asocie a las lumbreras del cielo.
Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo,
ese lucero que no conoce ocaso
y es Cristo, tu Hijo resucitado,
que, al salir del sepulcro,
brilla sereno para el linaje humano,
y vive y reina glorioso
por los siglos de los siglos.

José García,

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