“Elogio de la sonrisa”

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La risa es muy saludable. Ilumina desde adentro el rostro de los hombres. Y embellece. El rostro de los hombres embellecido por la luz de la risa manifiesta sentimientos nobles e ínitimos. Descubre y pone delante del diálogo y la convivencia que el ser humano ha caminado mucho hacia arriba desde las oscuras regiones de lo simplemente instintivo. Los humanos nos debemos unos a otros la cortesía de reírnos y sonreírnos, dignísima muestra de la profunda y auténtica solidaridad que nos corresponde cuidar y atender.

Cuando nos reímos unos con otros o nos sonreímos unos a otros nos estamos ofreciendo mutuamente, cálidamente, un lenguaje hecho de palabras no dichas, mas pronunciadas, eso sí, con el corazón. La risa, la sonrisa, sobre todo, es el vocabulario del corazón. Una forma de gramática elemental que posee matices espirituales insondables. Si nos riéramos más seríamos mejores. La sonrisa, granito de trigo de la mies madura y prieta de la risa, es como comenzar a partir el pan que, sin darnos cuenta, nos suplicamos mutuamente los humanos en el instante mismo en que se produce cualquier encuentro nuestro. Somo seres para el encuentro y la relación.

Hay veces que no se dan el encuentro y la relación debido precisamente a la falta de esa tarjeta de presentación amable de la sonrisa, que franquea exquisitamente la entrada en el ámbito del otro. Lo propio del hombre es desbloquear su interior. Habituarse a no sonreír es irse cerrando cada vez más a cal y canto en nuestras mazmorras interiores. Los presidiarios de sí mismos no pueden sonreír ni, menos aún, soltar libremente la carcajada que resuena como un batir de palmas de las manos del alma. Ésta asoma sus pálpitos entre las luces de la sonrisa y se desglosa, numerosa y vivaz, en el vuelo siempre agradable y agradecido de la carcajada benéfica y musical. Un ser humano sonríe y por la ventanita de los ojos se introduce en las habitaciones del resplandor entero de la creación. Por la risa o la sonrisa del hombre transparece y se humaniza el paisaje. El paisaje –escribía Azorín– somos nosotros mismos. Cómo, estando el día tan generalmente traslúcido, y siendo la tierra tan hermosa, es posible hacer mal a nadie. Es una contraindicación, un camino al revés, un ponerse a andar fuera del círculo del horizonte, un dirigirse a trasmano a las regiones de nadie o derribar de un duro manotazo las señales del tú.

Un niño, por ejemplo, sonríe en cualquier parte del mundo y éste comienza a poder ser más habitable, escarba en los manantiales de la ternura del corazón de quienes lo contemplan milagrosamente. Una mujer, también por ejemplo, deja escapar de sí misma el torrentillo de su risa y parece que una llovizna rápida de claridad nos está mojando de repente nuestros interiores más propios.

Reír es decididamente bueno y hasta incluso necesario. Como cuando se pasa una gamuza húmeda de claridad por los cristales sucios de las ventanas de la intimidad. Por el contrario, el gesto desabrido, la mueca hosca, la dureza del rostro, los labios apretados, la mirada hostil, la displicencia de las maneras, la altanería y la seriedad pétrea del talante llevan dentro de sí mucha ruptura y carencia de proximidad. Deberíamos aprender a reír y, todavía más, a sonreír. Quien así lo hace ha aprendido lo más importante de la vida, que en sí misma es un quehacer prodigioso de amor. Quien no lo logra es casi seguro que se echará un día por sendas de perdición e intolerancia.

Lo primero, para no consentir llegar a ello, es ejercitar el ensayo de reírse uno de sí mismo. Una cierta dosis de buen humor y saludable ironía personales, nos hace falta a todos muchísimo. El no tomarse excesivamente en serio a sí propio es prueba de gran sabiduría y humildad. La humildad es alegre, pues posee el don de colocar a las personas y sus asuntos en el orden justo. Las depresiones y los desánimos son, hablando en general, síntoma de desarreglos personales, prueba más que clara de que no se ha aprendido aún a burlarse cariñosamente de sí mismo con la primera mirada al espejo de la mañana: “¡Bobo!”.

Lo segundo, estar persuadidos que hay actitudes alrededor nuestro que efectivamente son de risa. Lo ridículo de ciertas solemnidades que no tienen ni ton ni son, algunas críticas, bastantes hipocresías sociales, esos discursos fatuos, muchas declaraciones, cantidad de mentiras… Ante todo esto conviene reírse. La risa, si se sabe aplicar como corresponde y cuando corresponde, es una excelente terapia, un buen salvaconducto, un aval de libertad que nos concede entrada en un mundo que relativiza absolutos.

Por último, no se olvide que la risa, la sonrisa, sobre todo, se requieren sobremanera en el momento de revestirnos el traje de fiesta. La existencia entre los humanos o es festiva o no es existencia. Asistir a una fiesta con cara de perro es algo que jamás debe hacerse: Nos sacarán de la sala y nos echarán al abismo y allí será el llanto y el rechinar de dientes. Lo expresa tajantemente el evangelio, que es el mejor manual de alegría conocido.

Valentín Arteaga,

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