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“El arte del Derecho”

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Cuando me pidieron que escribiera sobre este tema, lo primero que me plantee es si el Derecho es un arte o no, o si yo me considero un artista.

          A la segunda pregunta la respuesta es fácil, yo no me considero ningún artista, pero sí que, dando vueltas al asunto, si considero que el mundo del Derecho puede ser un arte.

          Para que mi ejercicio profesional sea un arte, considero fundamental en primer lugar, ver como ejerzo mi profesión, es decir si mi trabajo se convierte en un automatismo, que no tiene en cuenta que cada procedimiento es único, o veo que cada caso es único en sí mismo, en el primer caso no nos encontraríamos ante un arte, sino ante una repetición de escritos, procedimientos, etc., con los matices de cada uno, pero no viendo el pleito como algo único, sino como uno más. Sin embargo, si vemos cada pleito, cada consulta, como una vida, como algo único, aunque se asemeje a otros procedimientos, si podemos ver el ejercicio como un arte, que desde un hecho construye una historia, específica para ese caso.

          Al dar vueltas a esta cuestión del Derecho como arte, lo primero que se me viene a la cabeza, es que el ejercicio del Derecho, aparte de toda la fase de estudio que conlleva, lo fundamental es ver el enfoque que se le da a cada asunto, que es único por si mismo, aunque hagamos múltiples procedimientos iguales, cada caso es singular, y particular, por los matices y la historia particular que hay detrás.

          El Arte del Derecho, es ver como desde una situación objetiva, la que sea, construimos una historia, que fundamente aquello que reclamamos, o que fundamente la oposición a algo que se nos reclama de contrario, desde el mismo hecho y toda la historia que rodea a las personas que intervienen y a los hechos en si mismos valorados.

          Es decir, desde una realidad, la que sea, en un procedimiento judicial, se construyen dos historias, partiendo de un mismo hecho, aceptando algunas cuestiones, negando otras, dando distintas interpretaciones a unas mismas palabras o hechos.

          Evidentemente esto no siempre es posible, ya que existen hechos que no son interpretables, que son lo que son, pero si, en todos los casos, se pueden obtener matices, que hacen que la visión de los que estamos inmersos en el asunto sea diferente y desde estas diferencias construir el caso.

          Por ello, en otras disciplinas artísticas, se crean obras, desde el Derecho, ya sea en pintura, escultura, literatura, cine, etc., por ejemplo existen grandes películas y libros basadas en procesos judiciales, en los que el procedimiento judicial es el hilo conductor, pero lo interesante es ver el interior de como los personajes se ven influidos en sus vidas, por el proceso judicial.

          Por todo lo expuesto, y tras reflexionar sobre este tema, para poder escribir este texto, si me preguntáis ahora, si creo que el Derecho es un arte, y sólo espero poder seguir construyendo historias particulares, en el ejercicio profesional, hasta que cuelgue la toga, aunque siga sin considerarme un artista.

Jose Antonio Fernández,

“El arte del Adviento y el invierno”

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Antes de dar por finiquitado un día llamado lunes tan intenso, pero a la vez tan lleno de todo, me dedico a acomodarme en los pies de mi cama en donde acumulo ilusiones, sueños, proyectos, pensamientos y soledades. Es aquí donde doy por terminado todos y cada uno de mis días, es aquí donde me cito a diario con la pluma y el papel para no dejar morir esta afición tan apasionada por mí que me ha regalado el Señor, el escribir, y es aquí y ahora donde os escribo y dedico este post el cual podréis leer uno de estos martes cercanos o por lo menos así lo creo y así lo espero.

Negociando con la verdad y tratando de lidiar con la realidad no hay nada mas cierto que con las bajas temperaturas que estamos teniendo (a pesar de que el típico 22 de diciembre, día en que oficialmente empieza el invierno, esté algo lejos) creo que podemos darle ya la bienvenida a otra nueva estación, al invierno. Y, no hay nada más real tampoco que hace tan sólo un día que hemos pisado el adviento.

Aquí es donde os doy la bienvenida a mi dilema: invierno y adviento, ¿por cuál de ellos empiezo? El adviento ya lo tenemos encima y el invierno, oficialmente, está a la vuelta de la esquina, aunque no sean las temperaturas las que me convenzan de que el invierno aún está por llegar.
Es por ello mi dilema de por cuál de estos dos términos empiezo primero a hablaros.

Tras la controversia expuesta entre la indecisión y yo de este dilema, me decanto por empezar a hablaros del adviento y no ha sido una alternativa escogida al azar ni tampoco pensada porque sí. Sino más bien ha sido una elección hecha tras sospesar en la balanza de mi razón la preferencia, la relevancia y la importancia de ambos aspectos, del invierno y del Adviento. Y por goleada máxima ha ganado el Adviento.

El Adviento, para mí, es una palabra privilegiada porque desde que soy consciente de ella me la tomo como un tiempo que me invita a pensar en el pasado, en el nacimiento de Jesús en Belén hace unos 2.000 años, sí, lo sé, un pasado, hablando en fechas, muy lejano, pero que todos sabemos que es un pasado tan cercano como el presente en el que estamos. Es una palabra que me anima a vivir más el presente sin olvidarme de su presencia en mí y en el mundo. Y es una palabra que me prepara para el futuro, un futuro que quiero, como todos queremos, supongo, que me sea premiado con el Cielo.

El Adviento, es también para mí una palabra que huele a preparación, una preparación de mí misma y, simultáneamente de mi alma, puesto que mientras estemos en esta vida, ambas, tanto mi persona como mi alma estamos unidas. Una preparación para hacerme mejor persona en el presente y en los infinitos días que se me presentan por delante. Una preparación que nada más y nada menos nos lleva a la llegada del Señor, ¿os imagináis un mundo sin Dios? – inimaginable, ¿verdad? – solo el pensarlo me produce terror.

¿Me dejáis hablaros también un poquito del invierno? Así como os lo he prometido al principio de este blog. Bueno, lo que se dice hablar, hablar de ello, no sería; más bien será comentaros unas pequeñas pinceladas de lo que mi razón cree respecto a su llegada, de lo que mis sentimientos sienten a su venida, y de lo que la inspiración me dicta cuando el invierno ya lo tenemos encima. Seré breve, os lo prometo, puesto que considero que lo más importante de este post es el tema del Adviento, ¿vosotros no?

Se que para muchos el invierno supone una estación triste en donde escasean algo más las ganas de hacer cosas y, mirándolo de según que modo, me uno al bando de la escasez de las ganas, dado que el frío tan característico de esta época, debido a la disminución de las horas de sol y puesto que el día da lugar a la noche mucho antes de lo que uno quisiera. Y, sí, dicho así, puede que no se puedan hacer las cosas más apetecibles que acompañan más a otras estaciones. Pero el invierno tiene su encanto, no solamente tiene días grises en los que a veces parece que la abundante lluvia te penaliza por hacer vida.

El invierno tiene días en los que te regala postales para tus recuerdos con tus calles pintadas de blanco por la nieve, con las tardes de amigos en un bar tomando el típico chocolate caliente, con los niños chapoteando alegremente en los charcos y con los fines de semana pasados en la montaña en familia o entre amigos para disfrutar de las maravillas que nos da el Señor a través de la naturaleza.

Porque, ¿qué sería de la Sierra o de las montañas si no existiese el invierno? ¿Quién las llenaría de alegría en su estación favorita, la cual creo que, precisamente es esta, el invierno, con los famosos muñecos de nieve que se dejan sembrados en ella o con las increíbles vistas que podemos apreciar desde las montañas?

Y, como no, aprovechar esta estación para el arte porque ahora que he hablado seriamente con la razón en cuanto a la palabra arte, razón que no le puedo quitar, me he acabado convenciendo de que el invierno es también un tiempo más que propicio para aprovechar y explotar el arte que cada uno lleva dentro, aprovechar estos días grises con intempestivas lluvias para crear lo que los sentimientos gritan a la razón y lo que Dios nos pone en nuestro corazón.

Eva Sena,

“El arte en los cementerios”

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El mes de Noviembre se caracteriza por ser el mes de los difuntos en el que las visitas a los cementerios se multiplican. Para muchas personas los cementerios son lugares tristes, tétricos y escalofriantes. Sin embargo, yo desde muy pequeña estoy acostumbrada a pasearme entre las sepulturas y caminos de tierra de los cementerios. Mi tía y mi madre me llevaban varias veces al año a la tumba de mis abuelos y familiares queridos. Con todo respeto y amor llevábamos flores, limpiábamos la tumba y rezábamos por sus almas. Mientras ellas se afanaban yo correteaba y jugaba alrededor. Siempre me admiraba el silencio que había. Y es que ciertamente los cementerios son lugares de oración, de esperanza y de paz.

Pero también son lugares de arte, más bien diría de ARTE RELIGIOSO en mayúsculas. Donde las sepulturas o nichos más sencillos se entremezclan con tumbas, capillas, mausoleos y panteones que son auténticas obras de arte arquitectónicas y escultóricas. En un cementerio conviven diferentes estilos y tendencias artísticas de varios siglos. Se puede encontrar un panteón de estilo gótico o neoclásico y al lado una tumba de una línea más sobria, art decó o contemporánea. Los arquitectos y artistas emplean todos sus recursos disponibles, enriqueciendo sus obras con elementos escultóricos que se ayudan de oficios artesanales como tallas, vidrieras, esmaltes o forja.

Si uno pasea tranquilamente observa un auténtico escaparate de arte. Tal es así que en varios cementerios del mundo se pueden hacer visitas guiadas. Como es el caso del cementerio de la Recoleta en Buenos Aires (Argentina) que destaca por sus numerosos mausoleos y bóvedas adornados con mármoles y esculturas. Todo lo contrario es el cementerio militar de Arlington en Washington D.C. (Estados Unidos) que se caracteriza por su perfecta geometría lineal. Me gustaría reseñar también la sacramental de San Isidro en Madrid (España) que es declarada bien de interés cultural de la villa de Madrid y que se empezó a construir a principios del siglo XIX, y destaca especialmente por su patio central con un gran número de panteones. Y no me puedo olvidar del cementerio de Père-Lachaise en París (Francia) que quizás sea el más famoso del mundo, construido también a principios del siglo XIX, en el que se encuentran todos los estilos del arte funerario y están las sepulturas de artistas como el músico Chopin, los escritores Honoré Balzac y Oscar Wilde o la cantante Edith Piaf.

Todo artista debería pasearse por un cementerio y observar, simplemente observar. Contemplar la belleza que reina. Y es que los cementerios han servido de inspiración para muchos artistas. Son innumerables las películas en las que se han rodado escenas en cementerios. Hay arquitectos de gran prestigio como Erik Gunnar y Sigurd Lewerentz que se lanzaron a un proyecto innovador como es el cementerio del Bosque en Estocolmo (Suecia), que fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 1994. Y no me olvido de los escritores, cuántas novelas y poesías se han escrito en memoria de cementerios.

Uno pasea y lee…lee citas de la Biblia, lee fragmentos de poetas, lee frases de amor y recuerdos inolvidables a sus seres queridos. Las tumbas son poesía. Y el cementerio también en su conjunto es música, música diferente pero música. Se mezcla el sonido del agua, del viento en los cipreses, y el cantar de los pájaros. El cementerio no es gris, es un arco iris de colores que se funden con los árboles y las flores que llenan de luz y de color como fotografías y cuadros.

Los cementerios son arte, da igual si es grande o pequeño, si está en una gran ciudad o en un pueblo pequeño…en los cementerios hay arte. ARTE que fluye y que se ve y respira entre las sepulturas y las almas.

Elena Mtz-Acitores

“El arte y las flores”

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Hace unos días, iba en uno de esos ratos de metro, pensando en este blog, cuando entró una chica invidente al vagón y me hizo pensar. A priori me dio pena, que ella, no podía disfrutar de ver las flores, y luego me di mucha más yo, que sólo las apreciaba visualmente…  y es que se puede apreciar su belleza con todos los sentidos.

¡No es de extrañar que cualquier disciplina artística se haya inspirado en las flores y haya querido recoger ese momento de “arte efímero” para la posteridad!

¡Mantener vivas esas “naturalezas muertas”!

La mayoría de los grandes pintores se han rendido a la belleza de las flores:

Monet y sus Lirios de agua, Iris de Vincent Van Gogh, (¡la obra más famosa del pintor, por encima de los Girasoles!), las míticas Flores de Andy Warhol, Flores en un florero de Renoir, o las de Manet, toda la obra de la maravillosa y controvertida Georgia O’Keeffe…

Pero si en alguien me quiero detener, ¡es en Rachel Ruysch! una de esas mujeres que han destacado en la historia, de la pintura florar.

Nacida en La Haya, en 1664, hija de un botánico, consiguió plasmar como nadie la belleza de las flores. Sus combinaciones sobre fondos negros, con una luz y una armonía en el color fuera de lo común, trabando el gran formato con un realismo impecable.

Casada con un retratista, y madre de 10 hijos, supo conjugar la feminidad, la exuberancia y la elegancia de la flor como nadie. Siglos después floristas y pintores pueden seguir aprendiendo de sus composiciones florales y cromáticas y todos, admirando su obra, que, por otro lado, pintaba flores que jamás habría visto sino llega a ser por la profesión de su padre y ese sentido de la curiosidad que cualquier artista tiene que tener.

El matrimonio, llegaron a ser pintores de la corte, vivieron de sus obras y hasta poco antes de morir a los 86 años, no dejó de pintar. Sin duda, no era sólo su profesión, era su pasión, ¡su vida! Dejó un legado de más de 100 obras, a cual más preciosa.

Reconozco como un don, la sensibilidad que me ha regalado Dios para disfrutar de su creación. Para llegar a Él a través de ella. Hemos sido creados a imagen y semejanza Suya, por lo que no me extraña, que tengamos sus mismos gustos, o al menos podamos apreciar la misma belleza.

Me resulta muy fácil llegar a Dios observando e indagando en la perfección de la naturaleza, de su belleza… y siento la necesidad de memorizar lo que estoy viendo, de perpetuar el mayor tiempo posible ese placer.

Disfruto de ello tanto, que me veo rezando y alabando a Dios muchas veces delante de mis plantas y en especial de mis orquídeas.

Todo empezó un día del mes de marzo que mis padres me regalaron una orquídea. Era tan preciosa, que no podía dejar que se muriese, ni la planta, ni el recuerdo de un regalo hecho con tantísimo cariño. Sentía la necesidad de fotografiar, incluso pintar todas y cada una de sus flores. ¡En mi reciente incursión en el mundo de la pintura, lo primero que pinté fueron flores, paisajes, siempre naturaleza! ¡Siempre copiando y admirando la obra del primer Artista!

Poco a poco empecé a indagar en el mundo de las orquídeas, a mimarla, a ver cómo perdía todas sus flores, y cómo aquella vara florar quedaba seca, dejando unas hojas grandes, brillantes, acartonadas, que seguían saliendo y creciendo y que siempre recordaban a aquellas flores que se marchitaron. Quizás cuidar de la planta en sí, es uno de esos momentos, como en la vida, que uno quiere ver “los frutos” ya, pero tiene que seguir cuidando todo con la misma dedicación y empeño, y la esperanza de que Dios hará el resto.

Y así fue. Llegó el invierno y volvió a florecer, y el verano… y fueron llegando poco a poco otras 3 orquídeas más. La naturaleza sigue su curso, ellas siguen creciendo a la vez que yo como persona.  En paciencia, en perseverancia, en admiración…. ¡En tantas cosas! ¡Y es que Dios se vale de todo!

¡Ya no sólo se trata de mantener viva una orquídea o un recuerdo, sino de mucho más! Mucha luz, nunca directa, una buena dosis de humedad, regarlas por inmersión con agua tibia, una maceta transparente… un algodón impregnado en limón para limpiarle sus hojas… una buena poda, sin descuidar que sus heridas se curan con canela, o trasplantarlas a tiempo… son cuidados que aprendes, todo vale, con tal de seguir disfrutando y participando de la creación de Dios.

Ana Cebrián,

“Valentín Arteaga – Peregrinación alrededor de la belleza”

Valentin Arteaga-23julio 2019-Isaac Abad

Se siente uno de manera inmediata envuelto en el desconcierto. Nada asombra y fascina tanto como la belleza, ese atisbo del misterio, ese tirón que experimenta el interior del hombre hacia no sabe qué. ¿Hacia los sitios que no conoce? En la Ciudad, mires lo que mires, te experimentas pasmado, transportado fuera de tu ser. O ahondado completamente en él. Confuso y arrebatado va uno de acá para allá seducido por la belleza. Tal un guía casi sobrenatural, que intuye que no merece, la belleza va llevando de aquí para allá al visitante. Mientras, las iglesias, los palacios, las fuentes, las pequeñas callejas llenas de restaurantes, trattorie, pizzerie, negocios de arte religioso y tiendas de anticuarios dan vueltas y vueltas alrededor.

No cesa el corazón de dar vueltas y vueltas alrededor de su propio desconcierto en la Ciudad. “Ma come é bello”, se oye decir constantemente. Se trata casi en exclusiva de la belleza. Una belleza escénica y acompañante. No hay aquí espacio para la composición de lugar, pues todo, sin corregir esto o aquello, está en su sitio preciso. Dirijas tus ojos donde los dirijas, no aciertas a hablar ni a saber a qué atenerte. A dónde continuar o en qué rincón tomar algo de respiro. Lástima de la prisa que le meten ciertos guías turísticos a la pobre gente. La Ciudad no está para urgencia ninguna. “La gata apresurada parió hijitos ciegos”, se explica una señora romana de toda la vida viendo cruzar a un numeroso y apretado grupo de japoneses camino de Piazza Navona frente a la subyugante iglesia de Sant’Andrea della Valle.

La mejor manera de adentrarse en la alucinante teatralidad de Roma es caminar por libre, bien sujeto el corazón como un capote de lluvia. Despaciosamente lavados los ojos con el agua luminosa de cualquiera de

las fontanas que danzan y cantan sin cansarse nunca. Este escenario parece tener la pretensión de no abandonarte mientras dure tu estancia en la Ciudad. Se precisa una calma cierta en un lugar que de por sí sabe tomarse la vida con absoluta parsimonia. ¿Se cansa uno? Pues entra en un templo. El primero que sea. Da igual. Se estará introduciendo en un museo. La suavidad envolvente de su atmósfera le curará poco a poco.

Estás, romero, peregrinando en el interior del arte. Y éste, no lo dudes, un día nos absolverá. Es el boquete en lo espiritual que mendigamos probablemente sin darnos cuenta del todo. Estamos delante de la transcendencia. Estamos sintiendo la atracción de lo excesivo. Quizás residan en ello la verdad y el hecho de que todos los caminos del mundo vengan a Roma. Se llega, es cierto, a la Ciudad por mil y un motivos: las tumbas de los apóstoles, la respiración primera de la fe cristiana, la Santa Sede, el Papa… Se llega, cómo no, por las beatificaciones y las canonizaciones. Y las tumultuosas ceremonias católicas en la gran Plaza de San Pedro: ah la liturgia toda resplandeciente de las vestes talares, roquetes, dalmáticas, casullas a la orilla de ese conmovedor mar de la música embriagante a más no poder.

En ocasiones parece que no se puede ya más en la Ciudad. Todo cansa, decía en mi pueblo el paisano. Mas lo que deja sin fuerzas a cualquiera es el mal gusto, los malos modales, el vocabulario hosco, la falta de belleza. Esta, sin embargo, nos salvará. Se comprende a la perfección inmediatamente la capacidad irresistible de atracción que posee belleza tanta. Para poder llegar hasta el final de sí el ser humano la necesita. Somos pobres de solemnidad, nunca mejor dicho. Mendigos de lo que no sabemos, vamos por donde no sabemos, diría T. S. Elliot parafraseando a Juan de la Cruz. Sin arrimo a la belleza, atinaremos únicamente a tomarnos un plato de pasta “alla carbonara” en Campo d’Fiori o a hacer un par de fotografías

en la Fontana de Trevi para darle un poquito de envidia a los vecinos de nuestra calle cuando regresemos a casa.

Ojalá un día todos regresemos a casa. En el entretanto, empujados por la belleza deambulamos en la Ciudad. Mas vamos de paso. Somos peregrinos. Y esta postal imponente y majestuosa de Roma es una ventana abierta hacia el misterio. Tenían claro lo que hacían los artistas del seiscientos. Eran hombres religiosos. Y después, ¿qué? Nos queda todavía, a Dios gracias, esta atmósfera, este aire, esta desconcertante teatralidad. O la escenificación del deseo irrefrenable de encontrarnos, al término de nuestro viaje, frente a frente con el infinito que será eternamente bello. Por naturaleza hambreamos la solemnidad. No hay hombre entero sin solemnidad.

“Cómo es de hermosa, Roma, caro mío”, escucho decir a una muchacha llamando la atención del joven que la acompaña.

Este le dice, a su vez:

“Y tú también”.

Valentín Arteaga,

“Valentín Arteaga con su poesía María de los pobres”

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Me gustas y te amo porque eres tan humilde,

mujer en ese grupo pequeño de la gente

que no tiene ni nombre ni historia ni raíces.

 

Me acerco a tu paisaje de pobreza, mujer,

porque estas escondida en el pueblo y careces

de apellidos y voz. Amo tu hogar sin lumbre

y esas tus manos huérfanas de hazañas y palomas.

 

Sólo un río de rosas te salpica muy hondo

y estás en el anónimo milagro de la espera

de un mundo en donde al fin no sea imposible

ser hombre de unos instantes,

muchacha atribulada por carecer de todo.

 

Vienes, sí, del anhelo, del grito socavado

en el centro mismísimo del llanto.

Te quiero enormemente por tu frutal sequía.

Porque falta en tu mesa pan y vino, y te sobra

mendiguez en los ojos para mirar muy fijo.

 

Me gustas porque estamos a tu lado cabales

y Dios puede llegarnos a vaciarnos su vida.

 

Tu eres de los nuestros, María,

concebida sin pecado por ser

la más pobre de todos.

Valentín Arteaga,

“El arte de la literatura”

BLOG 15-10

Mis momentos favoritos de esta vida son dos y, sin lugar a dudas, no pueden ser otros dos más que los momentos en los que me quedo a solas ante el folio en blanco, esos momentos en los que parece que en el mundo solo existimos el folio, la pluma y yo, momentos en donde dejo revelar sin ningún tipo de “peros” a mi autentico “yo” apartándole de todo, sobre todo de cualquier miedo, duda, inseguridad o complejo. Y, los momentos en los que entro en una librería, llamadas para mí “los paraísos de los libros” porque es entrar en alguna de ellas e independientemente de como sean, ya sea la típica librería de toda la vida que todavía tenemos la suerte de poder encontrar alguna de ellas, aquellas que siguen manteniendo el encanto de antaño con su selo de madera gastado y marcado por las pisadas de la cantidad de personas que han ido pasando a lo largo de todos sus años, con sus estanterías de madera de roble, en donde a pesar de los pocos metros cuadrados que pueda abarcar, siempre acaba cayendo en tus manos algún ejemplar. O ya sean las enormes librerías que hay hoy en día convertidas en auténticos edificios de libros, librerías decoradas a cada cinco pasos que das con una isla repleta de libros, librerías forradas de estanterías que van desde el suelo hasta el techo con una infinita diversidad de libros a elegir para dejarte llevar al mundo que el escritor quiere llevarte con su historia, ¿os suena alguna? A mí, justo ahora en estos instantes en los que estoy escribiendo este blog para todos vosotros acaba de asomarse por mi memoria la librería que nos podemos encontrar en “Gran Vía” de Madrid.

Por eso, al leer vosotros el título del blog de hoy, “el arte de la literatura”, entenderéis a la perfección que este blog es uno de mis favoritos, puesto que todo lo que tiene que ver con la literatura, ya sea prosa, ya sea ensayo, ya sea poema, ya sea novela o de la forma que me venga, es una verdadera pasión para mí.

El arte de la literatura es el  arte en el que muchos artistas lo han elegido como instrumento para expresar sus vivencias, sentimientos, creencias, ilusiones y un sinfín de motivos a mencionar ya que cada artista expresa con el arte lo que en ese momento el corazón, la imaginación, la razón o nuestro querido Dios le pide para que nosotros, los también apasionados por el arte, aunque sea de forma receptiva, podamos disfrutar, nos podamos emocionar o podamos reflexionar a la hora en que la obra de arte, como por ejemplo en este caso, una novela, un poema o un sencillo cuento, llega a nuestras manos.

Para ser exactos, el arte de la literatura, según sus definiciones es el arte de la expresión escrita o hablada y la teoría de la composición de las obras escritas en prosa o en verso. Eso sí, es así en cuanto a definición general, pero para mí solo es eso, una definición. Porque según mi percepción hacia dicho arte, la literatura es mucho más, no es simplemente una expresión o una teoría, sino que es un instrumento el cual Dios me ha puesto en mis manos para poder plasmar lo que muchas veces mi corazón no es capaz de sacar al mundo exterior, para poder transmitir lo que mis sentimientos en ese momento quieren decir en forma de verso y a modo de rima, puesto que mi galardón en el mundo de la literatura ya sea leída o escrita, se lo lleva la poesía.

Y, para terminar, solamente con este blog, creo que no cabe mencionar que cualquier arte, cualquiera, ya sea pintura, arquitectura, fotografía o como en este caso mencionado y hablado, literatura, no solamente debe estar hecha con el corazón, sino que debe de ir siempre acompañada de la oración y llevada por la mano del Señor.

Eva Sena,

“El arte y el vino”

foto del blog de hoy 08-10

Dos días han pasado ya después del gran fin de semana que hemos tenido repleto de eventos. Eventos que espero que se puedan repetir y eventos en los que ya no sólo fueron idóneos para acompasar el tiempo de ocio junto con gente extraordinaria; sino que también han sido espectaculares por la gran organización que se tuvo, por la atención recibida en todo momento y por la cantidad de sabiduría y cultura recibida por Dª Ana Estrella Suances y D. Fernandez Jiménez Páez con sus presentaciones tanto como con la historia del vino como con la correspndiente cata que vino a continuación.

De ahí y de todo esto que os cuento viene relacionado el blog de hoy, puesto que me resultaba imposible hablaros de otra cosa que no fuese de la apasionante relación que hay entre el vino y el arte, relación que ha ido evolucionando progresivamente a lo largo del tiempo.

Dicho así, a groso modo, el vino y el arte, juntando estos dos términos, a voz de pronto parece que no tienen mucho que ver, ¿no os parece? A mí, particularmente, me lo pareció hasta que fui al evento organizado de la cata de vinos este fin de semana pasado en la cual aprendí muchísimo y de la cual os quiero compartir absolutamente todo.

Antes que nada, como apasionada ya no sólo de la poesía y de la literatura, sino también del arte en general, mundo en el cual me estoy adentrando de cada día un poquito más, permitidme mencionaros, a modo introductorio, algunas de las obras de algunos de nuestros grandes artistas, los cuales jamás van a desaparecer ni de la historia del arte ni de nuestra memoria, artistas en donde con su arte llevan el vino a algunos de sus cuadros.

Se que hay infinidad de obras y de artistas en donde han elegido por temática la enología para pintar, pero como no me quiero extender mucho, citaré tan sólo tres de nuestros grandes e insuperables artistas y de cada uno de ellos os detallare una de sus muchas obras realizadas.

Los artistas elegidos para este blog no pueden ser otros que Velázquez, Goya y Van Gogh.

Velázquez con su obra “El triunfo de Baco” también conocido como “Los borrachos” en donde aparecen personajes con rostros enrojecidos por el alcohol haciendo partícipe a su alegría.

Goya con su obra “La merienda”, en donde simboliza el vino para plasmar una escena alegre y de recreo resaltando el brindis de dos de los personajes pintados en el cuadro.

Van Gogh con su obra “El viñedo de Arlés”, en la cual el pintor plasma la recogida de la vendimia en un atardecer, aparentemente otoñal, por la tonalidad de sus colores.

Tras mencionaros estas tres obras elegidas para este blog, las cuales han sido seleccionadas simplemente por ser las que más me han llamado la atención en referente a esta temática, no puedo finalizar el blog de otra manera que no sea dando unas pinceladas al componente religioso del vino (tema estrella en la charla que recibimos de la voz de Dª Ana Estrella Suances antes de la cata) y, ya que, no nos podemos olvidar tampoco que somos una asociación de Arte y Fe.

La Europa Occidental da su importancia al vino, fundamentalmente, por la vinculación del papel que desempeña el vino en el oficio sacramental. Así que, el vino ya no es un producto más de la tierra si no que lo tomarán como un regalo de Dios. La iglesia cristiana consagra el vino, que se identifica con la sangre de Cristo, y lo asigna un papel destacado en el rito litúrgico.

Es por ello, que, en la Edad Media, la iglesia multiplica la plantación de vides y en los monasterios, la actividad agrícola principal pasa a ser las cepas.

Y así, debido a la extensión del cristianismo, el consumo del vino se popularizó en toda Europa incorporándose como elemento fundamental de la dieta alimenticia para la población.

Y ahora bien, dicho todo esto, ¿verdad que hay una importante y clara relación entre el vino y el arte? Desde mi punto de vista, muchísimo mas de lo que me podría imaginar.

Eva Sena,

“Manuel Mantero”

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En nuestro blog de hoy queremos hacer un homenaje al poeta, novelista y ensayista Manuel Mantero.
Nació en Sevilla el 29 de julio de 1930, es miembro de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras y ha obtenido varios premios, entre ellos el Premio Nacional de Literatura de España.
La foto y la poesía se han reproducido  del libro “Poesía Religiosa” de Leopoldo de Luis.
Gloria

¡Gloria, Señor, oh Cristo, Tú, encargado del

hombre más que de los ángeles,
grada infinita,
vereda noble donde lo común afluye,
nudo nunca oneroso, en alto, tenso, como si te hicieras truco indio,
mitad, momento justo del beso clamoroso,
lumbre en su centro,
placer, locura atravesada por el alfiler puro de la oportunidad,
Cristo que velas,
que vences con tu ojo inalterable
y tus pies que, de niño, fueron blancos,
Cristo que nos presentas
a la asamblea familiar, sonriendo!
¡Gloria, Dios nuestro,
en tu espada y tu vello mal sudado,
en tu soplo sin límites;
gloria, Dios nuestro valedor,
leche nuestra, pulmón paterno,
desgarramiento en paz,
presencia que nos doras con el vigor nunca demolido de tu resplandor,
Dios en el plato,
Dios en la silla,
Dios en la calle,
Dios en el pan,
Dios en el pájaro,
Dios en el Dios!

“El otoño y las artes”

PUBLICACION 24-09

Hace nada hablábamos del verano y hace nada, tan solo uno días, hemos pisado otoño. Si hay algo en lo que creo (a parte de en Dios) es que el tiempo pasa sin darnos absolutamente nada de cuenta.

Otoño, es solamente pensar en esta estación y lo que se me viene a la cabeza es un nuevo cambio. Cambio de actividades, cambio de clima, cambio de moda, y lo que más me impacta es en el cambio de colores, ¿a vosotros no? No me digáis que es oír mencionar la palabra otoño o pensar en esta estación tan propia de cambios y no os aparece en la mente unas imágenes a modo de fotografías con tardes más oscuras por el acortamiento de los días y con las calles vestidas de hojas rojizas, marrones y amarillas. Hojas las cuales habían sido tan fieles a sus árboles durante el resto del año y que por motivos de la propia estación han acabado abandonando sus ramas para, en unos meses, dar paso a otras nuevas hojas con colores que nos transmiten más vida y alegría.

Hablando de fotografías, mención dicha en mi párrafo anterior (aunque fuese tan sólo en forma de metáfora) dejadme comentaros algo que me acaba de venir a la mente y que mis dedos no se pueden resistir y necesitan anisadamente teclear para contároslo. Esto es en referencia al arte de la fotografía, arte que no pasa para nada desapercibido en esta Asociación tan plena de fe y tan llena de arte, así como repleta de artistas contemporáneos (de ahí su nombre “Arte y Fe”). Pues lo que os quería decir es que no se si a vosotros, pero en mi caso, las fotografías tomadas en esta estación, en otoño, me traen, sobre todo sentimiento de nostalgia; al igual que las fotografías antiguas que se revelaban en tono sepia o incluso las fotografías de hoy en día retocadas en modo sepia.

A mí, principalmente, y no me preguntéis porqué, el otoño es una de las estaciones que más me inspiran para escribir. A lo mismo es porque al ser una época algo más fría, la cual te invita a estar más en casa debido al frío que a veces trae y debido a que los días tardan menos en convertirse en noche, me apetece estar recogida y disfrutar de un ambiente más hogareño estando, por ejemplo, sentada en el sofá (sitio el cual acostumbro escoger para ponerme a escribir o al menos para intentar hacerlo, porque la inspiración, al menos la mía, es así de inesperada, que a veces te llama cuando menos la buscas y cuando la necesitas es cuando no se sabe nada de ella).

Pienso también que es una muy buena época para adentrarnos algo más en el arte visitando los museos tan espectaculares que nos brinda Madrid o cualquiera de las ciudades en las que estéis, ya que, absolutamente todas las ciudades tienen infinidad de museos y a cuál de ellos más espectaculares.

Y ya, ya me imagino lo que vais a pensar y es que “ya habéis ido”. Eso no importa, esta estación es muy buena época para volver a visitarlos puesto que podéis encontrar obras de arte nuevas, exposiciones exclusivas y un largo sin fin de novedades que siempre el arte nos ofrece.

También podemos aprovechar el arte en esta estación echando fotografías; como, por ejemplo, de alguien pisando las desahuciadas hojas de los árboles o si sois más de paisajes, echar fotos a alguno de los paisajes convertidos en sensacionales escenas para la retina inmersas en colores cálidos con sus tonalidades naranjas, ocres, amarillas y marrones.

No me vais a decir que no es una estación ideal para salir y con el objetivo de la cámara apuntar a todo aquello que más nos impacte para luego revelarlo o guardarlo y acumularlo en el baúl de los recuerdos. Puesto que cualquier fotografía vista, ya bien al largo tiempo de haberla hecho o bien al poco tiempo de su realización, nos va a traer recuerdos, sentimientos y a lo mismo también un poquito de nostalgia.

Y si no os convence ninguna de estas dos propuestas, a esta tercera opción no creo yo que no me vayáis a decir que no. Os invito a dejaros llevar por esta nueva estación que acabamos de pisar y aprovechar para dar rienda suelta a la inspiración y cada cual con su arte plasmar lo que el Señor o el Espíritu Santo le ponga en su corazón para darlo a conocer al mundo.

Artistas y apasionados del arte, con este artículo os quiero decir y en estas últimas cinco líneas os vengo a resumir que no hay excusas para dar de lado al arte y cualquier estación del año es increíblemente bella y super apropiada para disfrutar del arte.

No nos olvidemos nunca de las sabias, acertadas y correctísimas palabras que nos dedicó en su día el Papa Francisco referente al arte las cuales son “el arte comparte con la fe el mismo camino: el de la belleza”.

Ignacio Pereira y Eva Sena,