“Poesía Antonio Murciano”

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De tierra andaluza, de pueblo de poetas y de amigo inseparable de la poesía desde niño,destacando, predominantemente, poéticamente hablando, en las formas de canción, romance y soneto. De uno de nuestros grandes poetas hablamos en este martes de hoy , de “Antonio Murciano”. Quien ha escrito, entre muchos y tantos poemas esta poesía que aquí os adjuntamos:

ORACION POR LA FIGURITA MAS ANTIGUA DE MI “NACIMIENTO”

Señor mío Dios-Niño:

Tú, que velas desnudo desde tu casa pobre

y ves cada diciembre, cada mañana fría,

avanzar por mi mano y hacia ti, lentamente,

de mi belén de sueño todas las figuritas,

la pastora dorada del cordero a los hombros,

el molinero blanco de la saca de harina,

el recovero triste con sus pavos de siempre

y el niño de la cántara con su pierna partida,

Tú, que sabes la oculta desazón de su prisa,

Tú que ya la conoces,

déjame que te pida

por cada uno de ellos, y en especial, Dios-Niño,

déjame que te pida

por la mujer aquella junto al pozo vacío,

por la samaritana de barro, pequeñita,

que espera, cada año, en el sitio que sabes,

descolorida ya y antigua.

Mi oraciòn es por todos, Señor, pero es por ésta

en especial, por esta figurita,

a la que luego, cuando pecadora,

cuando Tú vayas a Samaria, un día,

te acercarás sediento para llenarle el pozo

del agua verdadera y eterna de la Vida.

Antonio Murciano,

 

 

“El Arte en el Bautismo”

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“…Y vino una voz de los cielos que decía: Este es mi hijo amado en quien me complazco”. (Mateo 3, 17).  Este domingo celebrábamos la fiesta del Bautismo de Jesús, una fiesta que no puede pasar desapercibida ya que nos hace recordar que es la puerta a la vida cristiana. Por el Bautismo somos hijos adoptivos de Dios, hermanos de Cristo y miembros de la Iglesia. Es uno de los sacramentos de iniciación cristiana junto con la Eucaristía y la Confirmación. Y es que aunque no lo parezca el Bautismo por su importancia y sus características está rodeado de arte, rodeado de obras artísticas y rodeado de una gran simbología religiosa con una gran belleza espiritual.

En una celebración bautismal se entremezclan la arquitectura con la escultura, la pintura, la fotografía y por qué no también la música. En un Bautismo se pueden contemplar y se funden    diferentes obras de distintos siglos y corrientes artísticas.

La pila bautismal es el elemento principal, que sirve como recipiente para el agua bautismal, en la cual se sumerge al candidato al bautismo aunque actualmente mas que sumergir se vierte el agua sobre la cabeza de la persona bautizada. Si visitas diferentes templos te encuentras con diseños de pilas bautismales de todo tipo de materiales (piedra, mármol, metal, madera, cristal…) y de diferentes estilos y épocas. Hay auténticas obras de arte especialmente del románico  como la que se encuentra en Santa María de Riaza en Segovia. Pero todas sea como sea su diseño tienen la misma función, son testigo del primer sacramento que abre el acceso a la  vida cristiana y al resto de sacramentos para esa persona.

Las primeras pilas occidentales se encuentran en las catacumbas romanas. La pila también está representada en los restos del arte cristiano primitivo. En casi todos los casos se trataba de una piscina de poca profundidad que se introducía al  bautizado, mientras que se vertía agua sobre él sacada de un manantial alto o de una vasija. Con el tiempo y por la prevalencia de bautizar a niños se fue cambiando y adaptando su diseño acorde con las necesidades. Se hizo cada vez más pequeña y menos profunda y fue levantada del suelo por pilares o columnas, dio origen a las que se suelen usar actualmente.

Pero no sólo la pila bautismal es arte, es arte el templo en el que se encuentra esa pila. Y es arte la música que acompaña o que ha servido de inspiración a compositores (como “Gracias por el Bautismo” del Grupo Compasión que compone canciones para niños) y es arte la fotografía que captura el momento justo cuando se echa el agua al bautizado y son muchos los escultores y pintores que han representado el Bautismo de Jesús en el Jordán por Juan, entre ellos destaca el cuadro de El Greco o de Piero de la Francesca….la misma concha que se utiliza para echar el agua es pura orfebrería …y por supuesto  es arte todo el rito bautismal.

La importancia de este sacramento es enorme puesto que marca al que lo recibe para toda la vida. Desde este momento se podrá ser mal o buen cristiano, pero no dejará nunca de ser cristiano, ya que es un sacramento que imprime carácter y que se recibe una sóla vez en la vida. Consta de cuatro partes: Rito de Acogida, Liturgia de la Palabra, Liturgia del Sacramento y Rito de Despedida. Me atrevo a decir que es puro arte religioso lleno de simbolismo, desde que se inicia hasta que termina. Es un sacramento muy cuidado y que no pierde detalle; se proclama la lectura de la Palabra, se invocan a los Santos, se libera al bautizado del pecado original, al bautizado se le hace la unción con el óleo de los catecúmenos, se bendice el agua, se hace la profesión de fe, el momento principal es cuando se Bautiza con el agua, el bautizado recibe la unción del Santo Crisma como símbolo de que participa de la vida y misión de Cristo, se le impone la vestidura blanca ya que es imagen de la nueva vida y de su dignidad de cristiano, se hace entrega de un cirio que representa la luz de Cristo. ¿Es arte o no es arte? Todo está preparado y medido para que a partir de ese momento comience el bautizado su vida cristiana.

El Bautismo es arte en todos los sentidos y por eso os invito a que la próxima vez que asistáis a un Bautismo contempléis, admiréis y acojáis en vuestro corazón la riqueza y belleza artística que acompaña y envuelve a este sacramento. Me gustaría terminar con una oración del Papa Francisco:

Dios todopoderoso y eterno,

que con el Bautismo de Cristo, en el Jordán,

al enviar sobre él tu Espíritu Santo,

quisiste revelar solemnemente a tu Hijo amado,

concede a tus hijos de adopción,

renacidos del agua y del Espíritu Santo,

perseverar siempre en tu benevolencia.

Por nuestro Señor Jesucristo.

 

Elena Mtz-Acitores,

“El arte de comenzar de nuevo”

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Naturalmente que precisamos comenzar de nuevo cuando un año se va y damos comienzo a otro. ¡El tiempo! Claro que no es cosa baladí el tiempo. Caminamos dentro de él, y en su hondura nos vamos recomponiendo o restañando. Cuántos rotos y descosidos arregla el tiempo. Pero hay que meterse en tarea. Don y responsabilidad. Cosas, sin duda, de la experiencia creyente. Del misterio inefable de la encarnación de Dios. O sea: de la eternidad que se introduce en el tiempo. Purísimo arte, lo que es una lucecilla que se enciende y enseguida se apaga, y lo que tiene trazas de permanecer y continuar resistiendo los desreveses de la vida misma, se unen, se abrazan y se besan. Y el Niño que la fe nos dice que es Dios. El pobrecillo llora. Hay mucho niño llorando junto al frío y las dificultades. Se trata, siempre, de comenzar. Esto es, de sacarle partido al tiempo, que al cabo y al fin es un regalo, una oportunidad. ¿Qué regalo y qué oportunidad? Las de echarse al camino de lo nuevo: lo pequeño, lo humilde, la confianza, la bendición, la sonrisa, los ojos que, cuando miran, atalayan el horizonte inacabable. En una palabra, cada año que comienza es una invitación a echarnos a peregrinar hacia el niño que, a pesar de todo, se mantiene en los adentros. Todo un arte. Lo dicho, compañero: no permitas que te roben el niño, ni que a nadie le llore el corazón.

Valentín Arteaga,

“Las tarjetas de Navidad”

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Uno de mis primeros recuerdos de la infancia es el cartero llamando a casa sobre el medio día y entregando el correo a quien abriera la puerta, que siempre era un mayor.

A medida que se iban aproximando las Navidades el cartero venía cada vez con más cartas. Eran los Christmas de Navidad, que mi madre después de leer, con una sonrisa, los iba poniendo sobre las mesitas y estanterías, decorando el salón no solo con bonitas imágenes, sino también con el cariño de quienes lo enviaban.

A mí me encantaban. Me parecían preciosos todos. Unos con el portal de Belén; otros con el árbol, otros de bolas de Navidad… los había de paisajes nevados y con la estrella señalando el camino y como no, mis preferidos… los de los Reyes Magos en sus camellos cargaditos de regalos.

Que preciosa costumbre. Felicitar la Navidad con esas tarjetas, con imágenes evocadoras que nos ayuden a contemplar el Misterio de las Fiestas que celebramos, cargadas de afecto y buenos deseos.

Con el tiempo, cuando fui creciendo, desde muy jovencita yo también mandaba mis Christmas. Era el momento de acordarme de todos mis amigos, los del verano, los de mi clase, mis amigas de San Fernando, de Cabra, de Cartagena, de Tenerife… Según iba creciendo iba sumando amigos de todos los sitios por los que iba viviendo. Yo siempre he sido de mantener correspondencia con mis amigos, pero el momento de volver a retomarla, si es que se había enfriado, siempre era la Felicitación de Navidad.

Con el tiempo, cada vez con la vida más ajetreada, eran menos las tarjetas que escribía y más las llamadas de teléfono. El motivo seguía siendo el mismo, felicitar las Fiestas. Más tarde, con los móviles, menos eran las llamadas y más los SMS. Y Después los mails y los WhatsApp. ¡Pero no era lo mismo!

Y un día así me lo planteé. Y pensé más o menos lo que debió pensar Sir Henry Cole, el que inventó las tarjetas navideñas en 1843 en Inglaterra. El encargó a un amigo pintor, John Calcott Horsley que le dibujara y pintara una escena navideña, que luego mandó reproducir en una imprenta, para después escribirle unos breves deseos de felicidad, firmarlas y enviarlas a los amigos y familiares. Unos años más tarde, en 1862 se empezaron a imprimir tarjetas navideñas de serie, que fueron un éxito inmediato. Pero el espaldarazo definitivo, convirtiéndolo en costumbre lo dio la Reina Victoria, cuando en 1893 encargó 1000 tarjetas a una imprenta británica.

Mi planteamiento fue más o menos el mismo. Se trataba de aprovechar la inmediatez de la tecnología y de llegar a todos mis amigos y personas queridas, pero de una manera más personal, con más detalle, con más mimo. Que supieran que había pensado en ellos y que realmente les deseaba una Feliz Navidad y prosperidad para el nuevo año que próximamente comenzaría.

Se trataba de dejar una imagen a la que contemplar, como clave de esos buenos deseos para mis familiares y amigos. Y para ello, como artista, quise poner mis pinceles al servicio de éste fin.

Y así fue como nacieron mis Tarjetas de felicitación de Navidad. Desde el año 2007, todos los años en el tiempo de Adviento empiezo a pensar en mi tarjeta. Rezo.  La diseño, hago bocetos, guarreo un poco con diferentes técnicas y al final elijo mi felicitación. Luego mi marido la convierte en digital.  La maqueta, le incorpora un villancico y la enviamos a toda nuestra gente querida.

Muchos de ellos utilizan mi obra para felicitar a los suyos, otros las imprimen y hay quién las colecciona. Y he de decir que, para mí, como artista, es un honor.

Los tiempos seguirán cambiando, la tecnología seguirá avanzando, y ojalá los artistas nos sigamos adaptando a todo ello con el fin de conservar y reclamar la esencia de la fiesta: “Celebrar el nacimiento de Jesús, el Redentor del mundo. El único capaz de llenar nuestro corazón de felicidad”.  La belleza al servicio de la Belleza.

¡Qué preciosa costumbre!… ¡Felicitar la Navidad con una bella tarjeta!

María Diufaín,

“El arte del Derecho”

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Cuando me pidieron que escribiera sobre este tema, lo primero que me plantee es si el Derecho es un arte o no, o si yo me considero un artista.

          A la segunda pregunta la respuesta es fácil, yo no me considero ningún artista, pero sí que, dando vueltas al asunto, si considero que el mundo del Derecho puede ser un arte.

          Para que mi ejercicio profesional sea un arte, considero fundamental en primer lugar, ver como ejerzo mi profesión, es decir si mi trabajo se convierte en un automatismo, que no tiene en cuenta que cada procedimiento es único, o veo que cada caso es único en sí mismo, en el primer caso no nos encontraríamos ante un arte, sino ante una repetición de escritos, procedimientos, etc., con los matices de cada uno, pero no viendo el pleito como algo único, sino como uno más. Sin embargo, si vemos cada pleito, cada consulta, como una vida, como algo único, aunque se asemeje a otros procedimientos, si podemos ver el ejercicio como un arte, que desde un hecho construye una historia, específica para ese caso.

          Al dar vueltas a esta cuestión del Derecho como arte, lo primero que se me viene a la cabeza, es que el ejercicio del Derecho, aparte de toda la fase de estudio que conlleva, lo fundamental es ver el enfoque que se le da a cada asunto, que es único por si mismo, aunque hagamos múltiples procedimientos iguales, cada caso es singular, y particular, por los matices y la historia particular que hay detrás.

          El Arte del Derecho, es ver como desde una situación objetiva, la que sea, construimos una historia, que fundamente aquello que reclamamos, o que fundamente la oposición a algo que se nos reclama de contrario, desde el mismo hecho y toda la historia que rodea a las personas que intervienen y a los hechos en si mismos valorados.

          Es decir, desde una realidad, la que sea, en un procedimiento judicial, se construyen dos historias, partiendo de un mismo hecho, aceptando algunas cuestiones, negando otras, dando distintas interpretaciones a unas mismas palabras o hechos.

          Evidentemente esto no siempre es posible, ya que existen hechos que no son interpretables, que son lo que son, pero si, en todos los casos, se pueden obtener matices, que hacen que la visión de los que estamos inmersos en el asunto sea diferente y desde estas diferencias construir el caso.

          Por ello, en otras disciplinas artísticas, se crean obras, desde el Derecho, ya sea en pintura, escultura, literatura, cine, etc., por ejemplo existen grandes películas y libros basadas en procesos judiciales, en los que el procedimiento judicial es el hilo conductor, pero lo interesante es ver el interior de como los personajes se ven influidos en sus vidas, por el proceso judicial.

          Por todo lo expuesto, y tras reflexionar sobre este tema, para poder escribir este texto, si me preguntáis ahora, si creo que el Derecho es un arte, y sólo espero poder seguir construyendo historias particulares, en el ejercicio profesional, hasta que cuelgue la toga, aunque siga sin considerarme un artista.

Jose Antonio Fernández,

“El arte del Adviento y el invierno”

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Antes de dar por finiquitado un día llamado lunes tan intenso, pero a la vez tan lleno de todo, me dedico a acomodarme en los pies de mi cama en donde acumulo ilusiones, sueños, proyectos, pensamientos y soledades. Es aquí donde doy por terminado todos y cada uno de mis días, es aquí donde me cito a diario con la pluma y el papel para no dejar morir esta afición tan apasionada por mí que me ha regalado el Señor, el escribir, y es aquí y ahora donde os escribo y dedico este post el cual podréis leer uno de estos martes cercanos o por lo menos así lo creo y así lo espero.

Negociando con la verdad y tratando de lidiar con la realidad no hay nada mas cierto que con las bajas temperaturas que estamos teniendo (a pesar de que el típico 22 de diciembre, día en que oficialmente empieza el invierno, esté algo lejos) creo que podemos darle ya la bienvenida a otra nueva estación, al invierno. Y, no hay nada más real tampoco que hace tan sólo un día que hemos pisado el adviento.

Aquí es donde os doy la bienvenida a mi dilema: invierno y adviento, ¿por cuál de ellos empiezo? El adviento ya lo tenemos encima y el invierno, oficialmente, está a la vuelta de la esquina, aunque no sean las temperaturas las que me convenzan de que el invierno aún está por llegar.
Es por ello mi dilema de por cuál de estos dos términos empiezo primero a hablaros.

Tras la controversia expuesta entre la indecisión y yo de este dilema, me decanto por empezar a hablaros del adviento y no ha sido una alternativa escogida al azar ni tampoco pensada porque sí. Sino más bien ha sido una elección hecha tras sospesar en la balanza de mi razón la preferencia, la relevancia y la importancia de ambos aspectos, del invierno y del Adviento. Y por goleada máxima ha ganado el Adviento.

El Adviento, para mí, es una palabra privilegiada porque desde que soy consciente de ella me la tomo como un tiempo que me invita a pensar en el pasado, en el nacimiento de Jesús en Belén hace unos 2.000 años, sí, lo sé, un pasado, hablando en fechas, muy lejano, pero que todos sabemos que es un pasado tan cercano como el presente en el que estamos. Es una palabra que me anima a vivir más el presente sin olvidarme de su presencia en mí y en el mundo. Y es una palabra que me prepara para el futuro, un futuro que quiero, como todos queremos, supongo, que me sea premiado con el Cielo.

El Adviento, es también para mí una palabra que huele a preparación, una preparación de mí misma y, simultáneamente de mi alma, puesto que mientras estemos en esta vida, ambas, tanto mi persona como mi alma estamos unidas. Una preparación para hacerme mejor persona en el presente y en los infinitos días que se me presentan por delante. Una preparación que nada más y nada menos nos lleva a la llegada del Señor, ¿os imagináis un mundo sin Dios? – inimaginable, ¿verdad? – solo el pensarlo me produce terror.

¿Me dejáis hablaros también un poquito del invierno? Así como os lo he prometido al principio de este blog. Bueno, lo que se dice hablar, hablar de ello, no sería; más bien será comentaros unas pequeñas pinceladas de lo que mi razón cree respecto a su llegada, de lo que mis sentimientos sienten a su venida, y de lo que la inspiración me dicta cuando el invierno ya lo tenemos encima. Seré breve, os lo prometo, puesto que considero que lo más importante de este post es el tema del Adviento, ¿vosotros no?

Se que para muchos el invierno supone una estación triste en donde escasean algo más las ganas de hacer cosas y, mirándolo de según que modo, me uno al bando de la escasez de las ganas, dado que el frío tan característico de esta época, debido a la disminución de las horas de sol y puesto que el día da lugar a la noche mucho antes de lo que uno quisiera. Y, sí, dicho así, puede que no se puedan hacer las cosas más apetecibles que acompañan más a otras estaciones. Pero el invierno tiene su encanto, no solamente tiene días grises en los que a veces parece que la abundante lluvia te penaliza por hacer vida.

El invierno tiene días en los que te regala postales para tus recuerdos con tus calles pintadas de blanco por la nieve, con las tardes de amigos en un bar tomando el típico chocolate caliente, con los niños chapoteando alegremente en los charcos y con los fines de semana pasados en la montaña en familia o entre amigos para disfrutar de las maravillas que nos da el Señor a través de la naturaleza.

Porque, ¿qué sería de la Sierra o de las montañas si no existiese el invierno? ¿Quién las llenaría de alegría en su estación favorita, la cual creo que, precisamente es esta, el invierno, con los famosos muñecos de nieve que se dejan sembrados en ella o con las increíbles vistas que podemos apreciar desde las montañas?

Y, como no, aprovechar esta estación para el arte porque ahora que he hablado seriamente con la razón en cuanto a la palabra arte, razón que no le puedo quitar, me he acabado convenciendo de que el invierno es también un tiempo más que propicio para aprovechar y explotar el arte que cada uno lleva dentro, aprovechar estos días grises con intempestivas lluvias para crear lo que los sentimientos gritan a la razón y lo que Dios nos pone en nuestro corazón.

Eva Sena,

“El arte en los cementerios”

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El mes de Noviembre se caracteriza por ser el mes de los difuntos en el que las visitas a los cementerios se multiplican. Para muchas personas los cementerios son lugares tristes, tétricos y escalofriantes. Sin embargo, yo desde muy pequeña estoy acostumbrada a pasearme entre las sepulturas y caminos de tierra de los cementerios. Mi tía y mi madre me llevaban varias veces al año a la tumba de mis abuelos y familiares queridos. Con todo respeto y amor llevábamos flores, limpiábamos la tumba y rezábamos por sus almas. Mientras ellas se afanaban yo correteaba y jugaba alrededor. Siempre me admiraba el silencio que había. Y es que ciertamente los cementerios son lugares de oración, de esperanza y de paz.

Pero también son lugares de arte, más bien diría de ARTE RELIGIOSO en mayúsculas. Donde las sepulturas o nichos más sencillos se entremezclan con tumbas, capillas, mausoleos y panteones que son auténticas obras de arte arquitectónicas y escultóricas. En un cementerio conviven diferentes estilos y tendencias artísticas de varios siglos. Se puede encontrar un panteón de estilo gótico o neoclásico y al lado una tumba de una línea más sobria, art decó o contemporánea. Los arquitectos y artistas emplean todos sus recursos disponibles, enriqueciendo sus obras con elementos escultóricos que se ayudan de oficios artesanales como tallas, vidrieras, esmaltes o forja.

Si uno pasea tranquilamente observa un auténtico escaparate de arte. Tal es así que en varios cementerios del mundo se pueden hacer visitas guiadas. Como es el caso del cementerio de la Recoleta en Buenos Aires (Argentina) que destaca por sus numerosos mausoleos y bóvedas adornados con mármoles y esculturas. Todo lo contrario es el cementerio militar de Arlington en Washington D.C. (Estados Unidos) que se caracteriza por su perfecta geometría lineal. Me gustaría reseñar también la sacramental de San Isidro en Madrid (España) que es declarada bien de interés cultural de la villa de Madrid y que se empezó a construir a principios del siglo XIX, y destaca especialmente por su patio central con un gran número de panteones. Y no me puedo olvidar del cementerio de Père-Lachaise en París (Francia) que quizás sea el más famoso del mundo, construido también a principios del siglo XIX, en el que se encuentran todos los estilos del arte funerario y están las sepulturas de artistas como el músico Chopin, los escritores Honoré Balzac y Oscar Wilde o la cantante Edith Piaf.

Todo artista debería pasearse por un cementerio y observar, simplemente observar. Contemplar la belleza que reina. Y es que los cementerios han servido de inspiración para muchos artistas. Son innumerables las películas en las que se han rodado escenas en cementerios. Hay arquitectos de gran prestigio como Erik Gunnar y Sigurd Lewerentz que se lanzaron a un proyecto innovador como es el cementerio del Bosque en Estocolmo (Suecia), que fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 1994. Y no me olvido de los escritores, cuántas novelas y poesías se han escrito en memoria de cementerios.

Uno pasea y lee…lee citas de la Biblia, lee fragmentos de poetas, lee frases de amor y recuerdos inolvidables a sus seres queridos. Las tumbas son poesía. Y el cementerio también en su conjunto es música, música diferente pero música. Se mezcla el sonido del agua, del viento en los cipreses, y el cantar de los pájaros. El cementerio no es gris, es un arco iris de colores que se funden con los árboles y las flores que llenan de luz y de color como fotografías y cuadros.

Los cementerios son arte, da igual si es grande o pequeño, si está en una gran ciudad o en un pueblo pequeño…en los cementerios hay arte. ARTE que fluye y que se ve y respira entre las sepulturas y las almas.

Elena Mtz-Acitores

“El arte y las flores”

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Hace unos días, iba en uno de esos ratos de metro, pensando en este blog, cuando entró una chica invidente al vagón y me hizo pensar. A priori me dio pena, que ella, no podía disfrutar de ver las flores, y luego me di mucha más yo, que sólo las apreciaba visualmente…  y es que se puede apreciar su belleza con todos los sentidos.

¡No es de extrañar que cualquier disciplina artística se haya inspirado en las flores y haya querido recoger ese momento de “arte efímero” para la posteridad!

¡Mantener vivas esas “naturalezas muertas”!

La mayoría de los grandes pintores se han rendido a la belleza de las flores:

Monet y sus Lirios de agua, Iris de Vincent Van Gogh, (¡la obra más famosa del pintor, por encima de los Girasoles!), las míticas Flores de Andy Warhol, Flores en un florero de Renoir, o las de Manet, toda la obra de la maravillosa y controvertida Georgia O’Keeffe…

Pero si en alguien me quiero detener, ¡es en Rachel Ruysch! una de esas mujeres que han destacado en la historia, de la pintura florar.

Nacida en La Haya, en 1664, hija de un botánico, consiguió plasmar como nadie la belleza de las flores. Sus combinaciones sobre fondos negros, con una luz y una armonía en el color fuera de lo común, trabando el gran formato con un realismo impecable.

Casada con un retratista, y madre de 10 hijos, supo conjugar la feminidad, la exuberancia y la elegancia de la flor como nadie. Siglos después floristas y pintores pueden seguir aprendiendo de sus composiciones florales y cromáticas y todos, admirando su obra, que, por otro lado, pintaba flores que jamás habría visto sino llega a ser por la profesión de su padre y ese sentido de la curiosidad que cualquier artista tiene que tener.

El matrimonio, llegaron a ser pintores de la corte, vivieron de sus obras y hasta poco antes de morir a los 86 años, no dejó de pintar. Sin duda, no era sólo su profesión, era su pasión, ¡su vida! Dejó un legado de más de 100 obras, a cual más preciosa.

Reconozco como un don, la sensibilidad que me ha regalado Dios para disfrutar de su creación. Para llegar a Él a través de ella. Hemos sido creados a imagen y semejanza Suya, por lo que no me extraña, que tengamos sus mismos gustos, o al menos podamos apreciar la misma belleza.

Me resulta muy fácil llegar a Dios observando e indagando en la perfección de la naturaleza, de su belleza… y siento la necesidad de memorizar lo que estoy viendo, de perpetuar el mayor tiempo posible ese placer.

Disfruto de ello tanto, que me veo rezando y alabando a Dios muchas veces delante de mis plantas y en especial de mis orquídeas.

Todo empezó un día del mes de marzo que mis padres me regalaron una orquídea. Era tan preciosa, que no podía dejar que se muriese, ni la planta, ni el recuerdo de un regalo hecho con tantísimo cariño. Sentía la necesidad de fotografiar, incluso pintar todas y cada una de sus flores. ¡En mi reciente incursión en el mundo de la pintura, lo primero que pinté fueron flores, paisajes, siempre naturaleza! ¡Siempre copiando y admirando la obra del primer Artista!

Poco a poco empecé a indagar en el mundo de las orquídeas, a mimarla, a ver cómo perdía todas sus flores, y cómo aquella vara florar quedaba seca, dejando unas hojas grandes, brillantes, acartonadas, que seguían saliendo y creciendo y que siempre recordaban a aquellas flores que se marchitaron. Quizás cuidar de la planta en sí, es uno de esos momentos, como en la vida, que uno quiere ver “los frutos” ya, pero tiene que seguir cuidando todo con la misma dedicación y empeño, y la esperanza de que Dios hará el resto.

Y así fue. Llegó el invierno y volvió a florecer, y el verano… y fueron llegando poco a poco otras 3 orquídeas más. La naturaleza sigue su curso, ellas siguen creciendo a la vez que yo como persona.  En paciencia, en perseverancia, en admiración…. ¡En tantas cosas! ¡Y es que Dios se vale de todo!

¡Ya no sólo se trata de mantener viva una orquídea o un recuerdo, sino de mucho más! Mucha luz, nunca directa, una buena dosis de humedad, regarlas por inmersión con agua tibia, una maceta transparente… un algodón impregnado en limón para limpiarle sus hojas… una buena poda, sin descuidar que sus heridas se curan con canela, o trasplantarlas a tiempo… son cuidados que aprendes, todo vale, con tal de seguir disfrutando y participando de la creación de Dios.

Ana Cebrián,

“Valentín Arteaga – Peregrinación alrededor de la belleza”

Valentin Arteaga-23julio 2019-Isaac Abad

Se siente uno de manera inmediata envuelto en el desconcierto. Nada asombra y fascina tanto como la belleza, ese atisbo del misterio, ese tirón que experimenta el interior del hombre hacia no sabe qué. ¿Hacia los sitios que no conoce? En la Ciudad, mires lo que mires, te experimentas pasmado, transportado fuera de tu ser. O ahondado completamente en él. Confuso y arrebatado va uno de acá para allá seducido por la belleza. Tal un guía casi sobrenatural, que intuye que no merece, la belleza va llevando de aquí para allá al visitante. Mientras, las iglesias, los palacios, las fuentes, las pequeñas callejas llenas de restaurantes, trattorie, pizzerie, negocios de arte religioso y tiendas de anticuarios dan vueltas y vueltas alrededor.

No cesa el corazón de dar vueltas y vueltas alrededor de su propio desconcierto en la Ciudad. “Ma come é bello”, se oye decir constantemente. Se trata casi en exclusiva de la belleza. Una belleza escénica y acompañante. No hay aquí espacio para la composición de lugar, pues todo, sin corregir esto o aquello, está en su sitio preciso. Dirijas tus ojos donde los dirijas, no aciertas a hablar ni a saber a qué atenerte. A dónde continuar o en qué rincón tomar algo de respiro. Lástima de la prisa que le meten ciertos guías turísticos a la pobre gente. La Ciudad no está para urgencia ninguna. “La gata apresurada parió hijitos ciegos”, se explica una señora romana de toda la vida viendo cruzar a un numeroso y apretado grupo de japoneses camino de Piazza Navona frente a la subyugante iglesia de Sant’Andrea della Valle.

La mejor manera de adentrarse en la alucinante teatralidad de Roma es caminar por libre, bien sujeto el corazón como un capote de lluvia. Despaciosamente lavados los ojos con el agua luminosa de cualquiera de

las fontanas que danzan y cantan sin cansarse nunca. Este escenario parece tener la pretensión de no abandonarte mientras dure tu estancia en la Ciudad. Se precisa una calma cierta en un lugar que de por sí sabe tomarse la vida con absoluta parsimonia. ¿Se cansa uno? Pues entra en un templo. El primero que sea. Da igual. Se estará introduciendo en un museo. La suavidad envolvente de su atmósfera le curará poco a poco.

Estás, romero, peregrinando en el interior del arte. Y éste, no lo dudes, un día nos absolverá. Es el boquete en lo espiritual que mendigamos probablemente sin darnos cuenta del todo. Estamos delante de la transcendencia. Estamos sintiendo la atracción de lo excesivo. Quizás residan en ello la verdad y el hecho de que todos los caminos del mundo vengan a Roma. Se llega, es cierto, a la Ciudad por mil y un motivos: las tumbas de los apóstoles, la respiración primera de la fe cristiana, la Santa Sede, el Papa… Se llega, cómo no, por las beatificaciones y las canonizaciones. Y las tumultuosas ceremonias católicas en la gran Plaza de San Pedro: ah la liturgia toda resplandeciente de las vestes talares, roquetes, dalmáticas, casullas a la orilla de ese conmovedor mar de la música embriagante a más no poder.

En ocasiones parece que no se puede ya más en la Ciudad. Todo cansa, decía en mi pueblo el paisano. Mas lo que deja sin fuerzas a cualquiera es el mal gusto, los malos modales, el vocabulario hosco, la falta de belleza. Esta, sin embargo, nos salvará. Se comprende a la perfección inmediatamente la capacidad irresistible de atracción que posee belleza tanta. Para poder llegar hasta el final de sí el ser humano la necesita. Somos pobres de solemnidad, nunca mejor dicho. Mendigos de lo que no sabemos, vamos por donde no sabemos, diría T. S. Elliot parafraseando a Juan de la Cruz. Sin arrimo a la belleza, atinaremos únicamente a tomarnos un plato de pasta “alla carbonara” en Campo d’Fiori o a hacer un par de fotografías

en la Fontana de Trevi para darle un poquito de envidia a los vecinos de nuestra calle cuando regresemos a casa.

Ojalá un día todos regresemos a casa. En el entretanto, empujados por la belleza deambulamos en la Ciudad. Mas vamos de paso. Somos peregrinos. Y esta postal imponente y majestuosa de Roma es una ventana abierta hacia el misterio. Tenían claro lo que hacían los artistas del seiscientos. Eran hombres religiosos. Y después, ¿qué? Nos queda todavía, a Dios gracias, esta atmósfera, este aire, esta desconcertante teatralidad. O la escenificación del deseo irrefrenable de encontrarnos, al término de nuestro viaje, frente a frente con el infinito que será eternamente bello. Por naturaleza hambreamos la solemnidad. No hay hombre entero sin solemnidad.

“Cómo es de hermosa, Roma, caro mío”, escucho decir a una muchacha llamando la atención del joven que la acompaña.

Este le dice, a su vez:

“Y tú también”.

Valentín Arteaga,

“Valentín Arteaga con su poesía María de los pobres”

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Me gustas y te amo porque eres tan humilde,

mujer en ese grupo pequeño de la gente

que no tiene ni nombre ni historia ni raíces.

 

Me acerco a tu paisaje de pobreza, mujer,

porque estas escondida en el pueblo y careces

de apellidos y voz. Amo tu hogar sin lumbre

y esas tus manos huérfanas de hazañas y palomas.

 

Sólo un río de rosas te salpica muy hondo

y estás en el anónimo milagro de la espera

de un mundo en donde al fin no sea imposible

ser hombre de unos instantes,

muchacha atribulada por carecer de todo.

 

Vienes, sí, del anhelo, del grito socavado

en el centro mismísimo del llanto.

Te quiero enormemente por tu frutal sequía.

Porque falta en tu mesa pan y vino, y te sobra

mendiguez en los ojos para mirar muy fijo.

 

Me gustas porque estamos a tu lado cabales

y Dios puede llegarnos a vaciarnos su vida.

 

Tu eres de los nuestros, María,

concebida sin pecado por ser

la más pobre de todos.

Valentín Arteaga,