“El verano y la pintura”

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El verano es una época del año que, desde un punto de vista humano, despierta en nosotros recuerdos y emociones y frecuentemente lo asociamos a estados de ánimo: alegría, vitalidad, jovialidad… Para un niño puede significar la llegada de las vacaciones, un día en el parque de atracciones y tiempo libre para estar con los amigos y jugar. Para un adulto puede significar disfrutar de más tiempo con la familia, días más largos, buen tiempo y nuevas actividades.

Los artistas empleamos un código específico para expresar nuestros sentimientos y emociones.

Del mismo modo que el escritor se sirve de la lengua para crear mundos y realidades nuevas, los pintores empleamos los elementos plásticos propios de la pintura con el mismo fin. Creamos nuevas realidades a través del color, la forma, la textura, la composición. Son muchos los pintores que se han inspirado en el verano y han filtrado la belleza de esa realidad a través de su ser, para regalarnos una nueva creación. El paisaje en verano tiene un gran poder evocador: el mar y los grandes espacios abiertos nos sugieren inmensidad y libertad y la luz tiñe campos mediterráneos de amarillo y naranja. La fuerza del rojo, los tonos alegres y luminosos, el color albero y azules que verdean… Mi selección de obras veraniegas incluiría “El Velero” de Edward Hopper; “Niños en la playa”, de Sorolla y los campos de trigo amarillos de Van Gogh.

A mí, el verano me recuerda a un mar en calma, me recuerda al paisaje mediterráneo, con un sol abrasador y me recuerda a los niños despidiéndose de su profesor, el último día de clase. Siempre me gustó la forma de tratar el color de los impresionistas y después, la fuerza de los fauvistas, con sus tonos puros. Me emocionan los tonos cálidos, como el amarillo, el color albero y los naranjas y en mis comienzos, me sedujo la obra de los impresionistas, su manejo del color y después la fuerza de los fauvistas, con sus tonos puros. Siempre ha sido el verano una época del año especial para mí, por el optimismo y la fuerza vital que desprende y ahora creo que está todo conectado y que hay un hilo conductor en parte de mi obra entre esos tonos, los temas tratados y la época estival: tanto en mi obra figurativa como en la abstracta, se observa un intenso cromatismo, así como fuertes contrastes: dinamismo y quietud, luces y sombras, tonos fríos y otros cálidos que envuelven.

Hay también un verano de la vida: si la primavera representa el nacimiento y la niñez, el verano de la vida es la plenitud física y emocional, la madurez, el vigor, la fuerza y la alegría de vivir, que precede al otoño de la vida, que asociamos al declive y la vejez. Del mismo modo, en la fe, tenemos una primavera que podemos asociar a nuestra conversión como nuestro primer amor, pero hay diferencia entre el plano espiritual en el hombre y el físico y el intelectual: el espiritual es el único que siempre puede mejorar, mientras que el físico y el intelectual se verán inevitablemente afectados por el paso del tiempo: nuestra fe y nuestra vida espiritual pueden crecer siempre; por tanto, siempre es o puede ser primavera o verano en nuestra fe y por eso , la fe o lo relativo a ella , suele estar representado en pintura con tonos alegres, vivos y luminosos. Recuerdo ahora “La Anunciación” de Fra Angelico.

El verano, cada año, nos interpela, porque, como dijo don Luigi Giussani, y cito textualmente:

“Lo que de verdad quiere una persona, sea joven o adulta, se comprende no por cómo trabaja o estudia – que es lo que está obligada a hacer -, no cuando se mueve determinada por conveniencias o deberes sociales, sino por cómo emplea su tiempo libre.”

Embellecer y humanizar la pequeña parcela de mi mundo, en la que me toque estar, se me ocurre que es una forma fantástica de emplearlo.

Javier González, profesor de lengua y literatura y pintor.

“El arte de la amistad”

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Vivimos en un mundo que está falto de amistad. Estamos tan ocupados, vamos siempre tan deprisa que al final nos olvidamos de lo esencial. La eficacia, la inmediatez, que son el ruido de nuestra vida se están comiendo las cosas más importantes, entre ellas, la amistad. Ya no “perdemos” el tiempo con los amigos, no conversamos, no dialogamos. Quizás por eso cada vez tenemos más conocidos y menos amigos.

Sin embargo a los largo de la historia los Libros Sagrados, filósofos y poetas, Santos y ensayistas, nos hablan de amistad.

El filósofo griego Sócrates aseguraba que prefería un amigo a todos los tesoros del rey Darío.

¿Qué es la amistad? La amistad es un afecto entre personas, recíproco y desinteresado, que nace de la mutua simpatía y estima, y se fortalece con el trato.

Para el poeta latino Horacio un amigo era la mitad de su alma.

La amistad es verdadera cuando se da una comunicación profunda entre las personas; cuando se busca el bien para el otro; cuando te importa la vida del otro y deseas lo mejor para él.

 El respeto a libertad del otro, a sus tiempos, a sus opiniones, a su manera de ser y actuar es uno de los pilares fundamentales de la amistad. Es un respeto que da pie a la sinceridad y la confianza mutua.

Por eso San Agustín no vacilaba en afirmar que lo único que nos puede consolar en esta sociedad humana tan llena de trabajos y errores es la fe no fingida y el amor que se profesan unos a otros los verdaderos amigos.

La amistad se cultiva  con el trato asiduo, la lealtad, la solidaridad, el compromiso y el interés recíproco por el bien del otro. La esencia de la amistad es el compartir.

Aunque no solamente surge con quienes tenemos más afinidades en cuanto a gustos e intereses, o con quienes tenemos más parecido, sino que puede aparecer entre personas muy dispares.

De hecho, a veces ese es un factor que fortalece la amistad, pues una buena amistad complementa y enriquece a la persona, no solo en el intercambio de ideas, información y sentimientos, sino también en el hecho de compartir los buenos y malos momentos de la vida.

Aristóteles, padre de la filosofía occidental, tenía un alto concepto de la amistad, tanto, que la consideraba una de las necesidades más importantes de la vida.

Siendo la amistad tan loada, estando tan valorada, hasta el punto de considerarla la necesidad más importante de la vida, ¿Qué nos está fallando para estar viviendo en un mundo tan falto de amistad?

Sobre esto nos puede dar una luz el ensayista español Ortega y Gasset cuando escribía que una amistad delicadamente cincelada, cuidada como se cuida una obra de arte, es la cima del universo.

 Y es que la amistad no sólo es una obra de arte, sino que es un arte en sí. El arte de la amistad.

Un arte en el que entra en juego la dedicación, el tiempo, la creatividad, el ingenio, la honestidad… Es arte y como tal tiene deferentes disciplinas. Entendiendo como disciplina el conjunto de reglas o normas cuyo cumplimiento de manera constante conducen a cierto resultado ¿Cuáles serían las disciplinas que se deben cuidad en el arte de la amistad?

En su libro “Razones para el amor”, Martín Descalzo analiza seis pilares que sostienen la verdadera amistad. Estos seis pilares bien podrían ser esas disciplinas a cultivar del arte de la amistad.

La primera es el respeto a lo que el amigo es y como el amigo es.

En segundo lugar la franqueza, que está a media distancia entre la simple confianza y el absurdo descaro. Franqueza como confidencia o intimidad espiritual compartida.

En tercer lugar la generosidad como don de si, no como comprar al amigo con regalos.

La aceptación de los fallos iría en cuarto lugar.

Seguida de la imaginación, para superar el aburrimiento y hacer fecunda la amistad.

Y en sexto lugar la apertura.

Sin duda seis disciplinas que ejercitar si queremos “cincelar y cuidar como si fuera una obra de arte” nuestras amistades verdaderas.

Quisiera acabar este blog con algo que nos dice Dios a través de las Sagradas Escrituras, en las que encontramos numerosas citas que nos hablan sobre la amistad. Entre ellas ésta del Eclesiastés: “El amigo fiel es seguro refugio, el que lo encuentra ha encontrado un tesoro”.

María Diufaín,

Artista plástico

“¿Quién es el Corazón de Jesús?”

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En primer lugar, hay que decir que el Corazón es el símbolo de la vida. Por tanto, representar a Jesús como Corazón de Jesús es recordarnos que está vivo. A veces caemos en el error de hablar de Jesús en pasado. Sin embargo, la Iglesia habla de Cristo como el que vive eternamente porque está resucitado. Él sigue hoy junto a nosotros y podemos vivir ese trato de amistad, amor, comprensión, de corazón a corazón como sus discípulos y amigos, tal y como nos cuentan los evangelios.

Lo propio de la amistad es el afecto que une a dos personas. Cuando mayor es esa unión, más se comparte la intimidad. Dios al revelarnos su amor, su corazón, sus deseos de ser amado nos ha mostrado su intimidad.

Nos cuesta mucho comprender cómo alguien tan insignificante como nosotros si nos comparamos con todo un Dios, pueda al mismo tiempo ser tan importante.

Dios ama de verdad, en el amor auténtico siempre hay un deseo de correspondencia. No puede uno amar sin desear al mismo tiempo ser amado por la otra persona.

Precisamente porque Dios ha querido necesitar de nuestro amor, experimenta también nuestra falta de amor como un dolor. Y los actos contrarios al amor, el pecado, produce dolor en el Corazón de Dios.

Por eso, la espiritualidad del Corazón de Jesús, sensible a esta verdad, ha cuidado siempre la actitud y los actos de reparación, poniendo un amor especial en muchas cosas de las que uno hace para compensar nuestras propias ofensas y también las de hombres que viven lejos de Dios.

Dios desea que le acerquemos muchas almas que puedan experimentar su amor y misericordia.

La manifestación del amor de Dios ha llegado al extremo. Ese extremo, es amar hasta donde ya no se puede amar, es la cruz. Evidentemente esto se ha realizado en el Corazón humano de Jesucristo. Si queremos conocer la medida del amor divino tenemos que acudir a la pasión, donde experimentamos aquello que tan bellamente dijo San Pablo en su carta a los Gálatas: “me amó y se entregó a la muerte por mí”.

Toda devoción tiene necesidad de signos sensibles. Aquí nos centraremos en el Cerro de los Ángeles en Getafe ya que hace un año celebramos su centenario.

En cuanto al antiguo monumento:

Se construyó con el fin de consagrar España al Corazón de Jesús el 30 de mayo de 1919. Podríamos decir que esto fue el colofón de un recorrido que comienza en Paray Le Monial, donde el Corazón de Jesús se revela a Santa Margarita. Le muestra su amor y su deseo de ser honrado públicamente, al tiempo que le propone las prácticas de la reparación y la consagración. La consagración se le propone tanto a nivel personal como colectivo.

Esta espiritualidad entra en España a través del libro del Padre José Gallifet. Otro jesuita, Bernardo Francisco de Hoyos, descubrirá el libro en la Biblioteca del Colegio de San Ambrosio donde residía y se sentirá llamado a propagar esta espiritualidad por toda España. Escuchó del Corazón de Jesús la llamada Gran Promesa: “Reinaré en España y no con menos devoción que en otras partes”.

Poco a poco fue calando la importancia del Corazón de Jesús entre los cristianos de España. Los papas fueron recomendando cada vez más el culto al Corazón de Jesús. León XIII consagró el mundo al Corazón de Jesús en 1899.

Así en torno al año 1900 Francisco Belda y Pérez de Nueros propone la construcción de este monumento. Había elegido este lugar por ser “el centro geográfico de la Península, o sea, el punto en el que se cortan dos líneas diametrales trazadas desde el cabo Ortegal hasta el de Palos, y desde el de Creus al Espichel”. “La elevación del Cerro permite divisar perfectamente desde muchos puntos de Madrid y de sus alrededores el admirable monumento”. También por convertir el Sagrado Corazón en el centro del país.

Durante aquellos años fueron haciéndose algunos intentos de consagración, como la que realizó el P. Postius en el mismo El misterio del Corazón de Cristo trono del Palacio Real, en presencia de Alfonso XIII durante el congreso Eucarístico de 1911 o la que se hiciese, unos días después, cuando de manifestó públicamente el deseo de que la Almudena, cuya cripta acababa de inaugurarse, fuese el templo nacional dedicado al Sagrado Corazón.

En 1914 la idea fue retomada por Ramón García Rodrigo de Nocedal, quien se la comunicó al P. Mateo Crawley y a San José María Rubio, que comenzaron una gran campaña nacional que permitió que en 1916 se pudiese colocar la primera piedra del monumento. Y el 30 de mayo de 1919 todo estuviese a punto para que el Rey Alfonso XIII hiciese el acto público de Consagración.

El 7 de agosto de 1936, primer viernes de mes, milicianos llevaron a cabo una “ceremonia” por ellos mismos fotografiada, de fusilar la imagen de Jesús. Tras ello, procedieron a la destrucción de las esculturas, primeramente “a mano” y por último, dada la dureza de su material, recurrieron a la dinamita hasta lograr reducirlo a ruinas. Estas ruinas sen conservan, trasladadas de su lugar original que hoy ocupa el nuevo monumento a la zona norte de la explanada.

El Santuario y el nuevo monumento

Una vez terminada la guerra se decidió reconstruir el monumento de forma que recuerde al antiguo, pero con una cripta que permitiese el culto en el lugar. La imagen se volvió a encomendar a Aniceto Marinas y el proyecto lo llevó a cabo Pedro Muguruza y reformado por Luis Quijada.

Pero el nuevo monumento es algo más grande, alcanza los 11 metros y medio, respecto a los 9 de anterior. A estos 11 hay que añadir una base de 26 metros y la altura de la cripta, 18 metros y medio. Un total de 56 metros. El nuevo monumento dobla la altura del anterior.

El primer monumento tenía dos grupos escultóricos. El primero representa la humanidad santificada con un grupo de santos relacionados con la espiritualidad del Corazón de Jesús. Y el segundo la humanidad santificándose, con personajes simbólicos que representan virtudes, estados de vida y sacramentos que ayudan a la santificación.

Estos grupos se mantienen en el nuevo monumento, pero se añadieron otros dos, que representan a la España defensora de la fe y a la España misionera.

El monumento se inauguró del 25 de junio de 1965, con la renovación solemne de la consagración y un año jubilar, desde el 30 de mayo hasta el 30 de junio del año siguiente. El domingo 5 de julio de 1975 se inauguró y abrió al culto el actual Santuario.

Ahora que hemos celebrado su fiesta y renovado nuestro compromiso con Él os invito a visitar estos monumentos, centro de la fe y con gran valor artístico.

Marta Martín Quiroga.

Voluntaria con Corazón.

“Una novela para dar respiro al alma”

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Hace unas semanas leía, atribuida a C.S Lewis, la frase: “No puedo imaginar a un hombre disfrutando realmente de un libro y leyéndolo solo una vez” e, impulsada por ella, me descubro releyendo de nuevo “La Ciudad de la Alegría”, la obra maestra del periodista y escritor Dominique Lapierre.

En el curso de una vasta labor de documentación en los barrios marginales de Calcuta para redactar el guion de una película sobre la vida de Santa Teresa de Calcuta, en los años 80, Lapierre y su mujer descubren que en Calcuta existen muchos apóstoles y santos anónimos y desconocidos. Así, el escritor decide situar allí el decorado de esta novela en la que se entremezclan las vidas de un sacerdote católico francés, un médico norteamericano, una enfermera de Assam y un ex campesino indio que, condenados a ser héroes en medio de un barrio marginal de la ciudad, luchan contra la miseria y el sufrimiento día a día. Es, sin embargo, una novela que llena de esperanza el corazón, que impulsa a querer entregarse más cada día. Será porque entre sus líneas se respira a Dios.

Lapierre consigue, a través de ella, transmitir la alegría y la belleza de una vida consagrada al Amor por los más pobres, a pesar o quizás más bien, a través del sufrimiento. Citando a uno de sus personajes: “Solo un lugar donde los hombres viven en contacto con la muerte puede ofrecer tantos ejemplos de amor y solidaridad”.

En una entrevista que le hicieron en 2011 al autor, ante la pregunta de si cree en Dios, el francés responde sincero: “Siempre digo que me es difícil entender que Dios deje sufrir tanto a sus niños, pero por otro lado…, la fuerza de la fe es la que sigue dando la esperanza”.

Curioso que, de un autor que no se declara del todo creyente, pueda surgir una novela que sea especial reflejo de la vida cristiana, de la vida en Cristo. Si algo impacta al leer sus páginas es la trasparencia con la que consigue transmitir la inmensa fe del sacerdote Paul Lambert, uno de los cuatro protagonistas de nuestra historia. Imbuido en sus pensamientos y en su forma de vivir, uno llega a desear una fe como la suya para rezar como él: “Tú que moriste en la cruz para salvar a los hombres, ayúdame a comprender el misterio del sufrimiento. Ayúdame a trascenderlo. Ayúdame, sobre todo, a luchar contra sus causas, contra la falta de amor, contra los odios, contra las injusticias que lo provocan.”

Quizás por perlas como esta, sin ser necesariamente una lectura que se podría catalogar como espiritual, esta novela es, desde mi experiencia, un fiel reflejo de la belleza de la que habla el papa emérito Benedicto XVI en su carta a los artistas: “La belleza impresiona, pero precisamente así recuerda al hombre su destino último, lo pone de nuevo en marcha, lo llena de nueva esperanza, le da la valentía para vivir a fondo el don único de la existencia”; y cumple a la perfección aquello que escribía Simone Weil: “En todo lo que suscita en nosotros el sentimiento puro y auténtico de la belleza está realmente la presencia de Dios. Existe casi una especie de encarnación de Dios en el mundo, cuyo signo es la belleza. Lo bello es la prueba experimental de que la encarnación es posible. Por esto todo arte de primer orden es, por su esencia, religioso”.

En definitiva, como decía D. Luigi Giussani, fundador de Comunión y Liberación: “El cristianismo se transmite por “envidia”, porque una persona que ve a otro vivir con alegría, intensidad y gusto, desea esa vida para él” y esto es lo que uno encuentra, a través de los protagonistas, en “La Ciudad de la Alegría”.

Inés de Medrano, médico.

“Eucaristía, música: Pueblo de Dios”

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“Si quieres saber en qué creemos, ven a oír lo que cantamos”

(San Agustín)

Con esta frase, sencilla pero rotunda, podríamos resumir la importancia que tiene la música en nuestras celebraciones y en especial en la Eucaristía. Do, re, mi, fa, sol, la, si; con estas siete notas combinadas debidamente y una buena letra que salga del corazón, podemos alabar y dar gracias a nuestro Señor, pedirle perdón y ayuda, reflexionar sobre sus enseñanzas e interiorizarlas, y sentirnos muy, muy cerca de Él.

El hombre siempre ha necesitado de estímulos que le ayuden a comprender y de elementos que le ayuden a expresarse. Cuando miramos al cielo y rezamos queremos música de fondo, necesitamos melodías e ideas que nos ayuden a que nuestra oración sea más intensa. Me vienen a la cabeza muchos salmos: “Cantaré eternamente las misericordias del Señor”, “Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas”, “Tocad la cítara para el Señor, suenen los instrumentos”, “que canten de alegría las naciones porque riges el mundo con justicia”. Todos estos versos de los salmos tenemos que entenderlos no como meras palabras, sino como una invitación a la música y sobre todo al canto, que considero que es la mayor expresión del corazón.

¡Qué importante es el canto para los católicos, sobre todo en la Eucaristía! Pero ¿por qué?

El canto es un reflejo de lo que vivimos y sentimos.  Dice san Agustín: “Si quieres saber en qué creemos, ven a oír lo que cantamos”. En las misas, tanto cada día como a lo largo de los diferentes tiempos litúrgicos, se hace un repaso de todas las enseñanzas de Jesús y de la Iglesia, y Jesucristo se hace presente, viene a nosotros. La música me ayuda a soportar el dolor que siento al ver a Cristo crucificado, y cuando se hace presente en cuerpo y sangre quiero cantar de alegría y adorarle.

 ¿Cómo debemos llevar a cabo todo esto? Nos podemos guiar por la doctrina de la Iglesia, que en el catecismo nos indica lo siguiente:

 «El canto y la música cumplen su función de signos de una manera más significativa cuanto “más estrechamente estén vinculadas a la acción litúrgica” (SC 112), según tres criterios principales: la belleza expresiva de la oración, la participación unánime de la asamblea en los momentos  previstos y el carácter solemne de la celebración. Participan así de la finalidad de las palabras y de las acciones litúrgicas: la gloria de Dios y la santificación de los fieles”» (CEE 1157)

No he encontrado ningún periodo en la historia de la Iglesia, salvo algunas excepciones  puntuales, en el que la música no haya estado presente. Y en cada momento se ha adaptado a la expresión cultural del momento: gregoriano, motetes, polifonía o guitarras y bongos. Lo importante es que los cantos sean la expresión de la comunidad, que no se reduzcan a algo meramente sentimental e individualista, y que nuestra oración cantada se eleve a Dios.

Los coros, los salmistas, organistas, etc., han de ayudar a la comunidad, a través de los cantos, a convertir la celebración en un signo eficaz de nuestra vida interior. Es un verdadero servicio, un don de gratuidad. Dios nos habla, y la comunidad, con fe, responde. Hay una comunión total. El canto es una verdadera herramienta que no solo nos ayuda a expresar los sentimientos íntimos, sino que los realiza y los hace vida. La razón de ser de la música en la celebración cristiana le viene de la celebración misma y de la comunidad.

Hay que recordar, no obstante, que lo verdaderamente crucial es la Eucaristía. Como dice una amiga mía de Cursillos de Cristiandad: “Si la gente supiera qué es la Misa, no saldría de la iglesia”. Jesús se hace real; el pan y el vino se transforman en su cuerpo y sangre y nos alimentamos de Él. No, no nos hace falta nada más; pero podemos y debemos expresar a través de la música y el canto lo que supone para cada uno su presencia entre nosotros.

César Hidalgo,

Cantautor católico,

“Demanda de perdón”

blog 26-05

Yo, Don Ignacio González Rodrigo,
pecador de los arrabales y de,
las compañías a evitar, digo:
que encontrándome necesitado pido.

PRIMERO: que en virtud de todos los años
que te he seguido en tiempo y forma
y no pudiendo calcular el daño
que he causado a su persona,

que en virtud de lo por TI establecido
Ante tus amigos, los llamados “Discipulos”
y no pudiendo acudir a ninguno,
A tu gran Misericordia SUPLICO:
perdones todos mis pecados, (y ese también)
y derrames tu gracia sobre mí, AMÉN

Es una injusticia que pido en Madrid a 23 de marzo de 2020.

Ignacio González Rodrigo.

“Madre de esperanza”

FOTO BLOG 12-05

En mi noche más oscura,

cuando muere toda esperanza,

acude a mí una Dama Blanca

que me llama con ternura.

 

“No llores más hijo mío,

que es tu madre quién te llama.

Dime qué carga te apena el alma,

que Yo la llevaré contigo”.

 

Madre de Amor, Reina del Cielo,

Madre de Cristo y Madre mía,

en esta noche lenta y fría

sólo en ti encuentro consuelo.

 

Tú, descanso en el camino,

¡Oh! Virgen intercesora,

acudes a tu Hijo en esta hora,

E imploras: “No tienen vino”

 

Diego de Medrano,

“El arte y el ministerio sacerdotal”

Valentin Arteaga-23julio 2019-Isaac Abad

Mi apreciado editor Jaime Quevedo Soubriet, además de compañero admirable en muchos sucedidos, me recordaba hace días una anécdota de años pasados: un santo sacerdote, estimado de ambos, que reconocía sentirse muy cerca de Dios en todos sus actos y costumbres, con mucha caridad, eso sí, se atrevió a juzgar ciertos procederes de un servidor. Le respondí, me trae a la memoria el editor y amigo, de la manera siguiente: “oye, has de saber que soy poeta, no santo”. Lo cual no da a entender que mi mayor anhelo, desde el día de mi ordenación sacerdotal, no sea poder crecer en gracia permanentemente y aproximarme más y más a las vecindades de Dios. Sé muy bien que no hay otra vocación más verdadera que la de ser santo. Sobre todo, amigo, si te ha caído en suerte que Dios te haya hecho su sacerdote. El sacerdote es un “homo dei”, un hombre del santuario. Posee el encargo de cuidar con delicada veneración que la luz de lo sagrado no languidezca nunca, ocurra lo que ocurra en el mundo de los hombres.

Para tan arduo quehacer es imprescindible aproximarse tímida y humildemente al arte, a la belleza. Escribió Herman Hesse: “arte significa: dentro de cada cosa mostrar a Dios”. Y Simón Weil: “en todo lo que suscite en nosotros el sentido puro y auténtico de la belleza está realmente la presencia de Dios”.

Confieso que nunca ha dejado de extrañarme que tanto dentro como fuera de la Iglesia se me preguntará con ocasión y sin ella: “¿sacerdote y poeta? ¿Cómo se combinan ambas cosas?”. Mi respuesta: “no eche usted en olvido, buen hombre, el Mester de Clerecía y el gran Siglo de Oro español: Calderón de la Barca, Tirso de Molina… y Lope de Vega, Juan de la Cruz y Góngora, y pare usted de contar”.

En mis años de preparación al sacerdocio no había seminario ni estudiantado religioso en los que no se confeccionaran admirables pliegos poéticos, entre los cuales sobresale Estría, del Colegio Español de Roma, con colaboradores de la talla de Cabodevilla, Montero, Escribano, Descalzo…

Hacia los años noventa el alemán Franz Niedermayer publica una antología de interés de los Poetas curas españoles del Concilio. Innsbruck, Tyrolia: Jorge Blajot, Jesús Tomé, Rafael Alfaro, Valentín Arteaga, José Luis Martín Descalzo, Pedro Lamet…

Igual que hace años un grupo coral famoso se preguntaba: “¿dónde están los poetas andaluces de ahora?”, cabría preguntarse actualmente ¿dónde está el Mester de Clerecía de ahora? En los Centros de Estudios y en las Facultades Teológicas de hoy en día se tendría que tener en cuenta aquella afirmación de Dostoievski, citada por Benedicto XVI en su Encuentro con los Artistas (21.XI.2009): “la humanidad puede vivir sin ciencia, puede vivir sin pan, pero nunca podría vivir sin belleza, porque ya no habría motivo para estar en el mundo”.

El 7 de mayo de 1964 Pablo VI, citado también por Benedicto XVI, confió a los artistas lo siguiente: “nuestro ministerio necesita vuestra colaboración. Porque, como sabéis, nuestro ministerio consiste en predicar y hacer accesible y comprensible, más aún, conmovedor, el mundo del espíritu, de lo inefable, de Dios”. Servidor no se cansa de dar gracias a Dios por la ordenación sacerdotal y la sublime aproximación a la poesía.

Ea, como se explicaba el otro.

Valentín Arteaga,

“Del cuerpo y del espíritu”

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Siempre hemos ido suplicando un mendruguito de paz y amor, por caridad. Mientras, experimentamos que todo es contingente. Sólo queda la palabra. Bastón de camino es, y, como quiera que decidimos un día no tener patria fija, ahí estamos, aún, bajo la lluvia, sin apenas un quicio de ternura donde guarecernos; o no olvides, hijo, que la palabra no es más que ese escalofrío deseante de pretender tomar entre las manos el más allá todavía, en tanto tú, tú mismo, estás solo siempre. Aunque vigilado. No le recomendéis a nadie que se decida por la poesía: sufrirá lo suyo y tardará en hacer negocio en tierra de mercaderes. Son muchas y muy variadas las palpitaciones que se revelan y esconden dentro de la palabra, y el poeta –¡ay de ti, infeliz!– ha de saber que está llamado, por una suerte de arrimo inevitable, a reconciliar todos y cada uno de sus parentescos, puesto que, al final, cuando la luz se haga, descubriremos que sólo existe una presencia, Señor. Báculo de peregrinación es, sí, la palabra. Lo peor es cuando nos acostumbramos a cojear de las dos piernas. A la hora de repasar la tímida caligrafía del último poema te entran unas ganas enormes de llorar y hacer penitencia. Dinos, Santo Dios: ¿puedes explicarnos por qué permitiste que subiéramos al desván con las siervas? Tal vez fuese conveniente, puesto que en ello estamos, reservarnos para la postrera unción un par de versos nada más. Bastón de camino es, de veras, la palabra y la literatura es diálogo, niebla muerta en santidad, cántico espiritual, y todo lo otro, antes, suma y acopio de claridades falsas, simulaciones y sombras de la hermosura, antorchas de agua que hemos de apagar en la boca sedienta de los cántaros por los atajos del dolor.

Lámparas son las palabras para nuestros pasos. Como peldaños por la cuesta

oscura de la vida son tantas escalinatas lejanas ya en el tiempo. ¿Por cuál de ellas ascender ahora? ¿Quién nos dice: ésta, paisano, nos conduce a ninguna parte? Vienen de remotas emociones las palabras. Cuando el lenguaje se convierte en mediación poética, toda la especie humana está empezando a afirmarse a sí misma bajo el sol, o la ciudad puede encontrar el orden que deseaba. Dios nos libre de dejarnos tentar por los demonios mudos. Todo mutismo insolidario es una congelación espiritual. El deshielo del corazón ha de sernos concedido por arte y parte de la palabra. ¡Cómo canta la palabra cuando canta!

Los libros de poemas debieran parecerse a las catedrales. Cada verso es una columna, un vitral, una de las sedes de la sillería del coro o la puerta románica de entrada. Y cada estrofa una cualquiera de las naves laterales, el sorprendente ángulo sugestivo del bautisterio. Y todo el poema completo asemejarse al púlpito del maestro Antón Pilgrans, que se acoda en el alféizar de esa ventana entreabierta. ¿Qué existe, di, en el interior que cela las ventanas de la palabra? Comenta Joan Maragall: “Habiendo en la palabra todo el misterio y toda la luz del mundo, deberíamos hablar como encantados, como deslumbrados”. ¡Cómo canta la palabra cuando canta!

No nos sirve tanto lo que se dice cuanto el cómo se dice. Se edifica la palabra poética con el prodigio deslumbrador de su música, que no es nuestra. Gracia sobre gracia es. ¿Quién va a explicarnos el motivo de que todos los poemas hayan tenido la necesidad de apoyarse en poquitos versos imprescindibles? Llueve, llueve. No cesará nunca de llover sobre los bosques de Viena. Otra cuestión, sin duda, es el “Post-scriptum”. No tienen simetría los testamentos. Las últimas voluntades se escriben con suficiente premura y demasiada necesidad. De ahí el que Joan Maragall continúe: “La palabra es la maravilla mayor del mundo, porque en ella se abrazan y confunden toda la maravilla corporal y toda la maravilla espiritual de nuestra naturaleza”.

Cuerpo y espíritu son las palabras. Madrugamos por la mañana con suficiente

anticipación para repasar, en estado de gracia poético todavía, cuanto ayer noche apuntamos en los márgenes de las páginas del devocionario. En tanto, alrededor, sigue la vida con su muchedumbre de anécdotas inconsecuentes: el remover los muebles por el suelo, la melancolía general del vecindario, el desconcierto de los jóvenes, la estatura de espiga de la vecina de enfrente, o aquel primer enamoramiento. Las palabras, cuando son humanas, tienen alma y cuerpo. Se las debe palpar y querer en bloque. Cuando un poema ha quedado perfectamente construido sientes una paz abarcadora y múltiple. ¡Cómo cantan las palabras cuando cantan!

Al cabo y al fin, estamos elaborando una poética personalísima porque las antologías generales nos causan bastante temor y hasta su pizca de sonriente indiferencia, o escribir nos habrá servido solamente para desvelar por unos instantes el rostro iluminado de Dios, que es siempre lo completamente otro. Llamamos niebla al menesteroso forcejeo que ruega la estilística o la preceptiva recomienda. Como no están los tiempos para ejercitaciones poéticas nos semejamos a los ciegos sin lazarillo. Ni hasta las personas más espirituales parecen tener interés en acompañarnos durante un pequeño tramo de camino. Miguel Galanes reconoce: “Sé que me he convertido en el protector de mi sombra y, al mismo tiempo, en el delator de las pesquisas de quienes traman asaltos con sigilosa morbidez. Como un testigo he ido percibiendo que la intensidad del vivir se desfigura, se banaliza, se dispersa y se afloja en un espacio donde la muerte regeneradora surge de su propia escoria como carne que sangra sobre el plástico y chorrea desaliento y temor de látigo por la tierra, pero no importa”.

Naturalmente que no importa. El futuro del mundo lo deciden los ermitaños. No os tapéis la cara con un trozo de vuestro manto mientras cantan como cantan las palabras. Toda oscuridad está condenada a desaparecer. Se trata de la esperanza. Nuestra indefensión y menesterosidad son tan abrigadoras que, una vez que te has introducido por la intemperie de un poema, no aciertas a saber por qué callejones del puerto vas a salir a ver despertarse la aurora. Esta es el principio del final. Somos, lo cual no se discute, criaturas aurorales. Cada nueva mañana las campanas de la ermita tocan a la oración. Es la hora del arrepentimiento. Lo último de todo será la misericordia, ea. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Valentín Arteaga,

“El Cirio Pascual, signo de Cristo, la luz verdadera”

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El lenguaje relativo a la luz se aplica en la Biblia a Dios; podemos encontrar expresiones como Dios “habita una luz inaccesible” (1ª Tim. 6, 16), “Dios es Luz y en Él no hay tiniebla alguna” (1ª Jn. 1, 5), “¡Dios mío qué grande eres! Te vistes de belleza y majestad, la luz te envuelve como un manto” (Sal. 104, 2-3). Y es que, ¿qué mejor manera de expresar que Dios es verdad, vida, amor… que recurriendo al simbolismo de la luz? Por eso encontramos también en la liturgia expresiones afirmando que Dios es “Luz sobre toda luz”, o dirigiéndonos a Él diciéndole que creó todas las cosas “para alegrar su multitud con la claridad de tu gloria”.

          La Biblia se abre con la luz creada por Dios (Gén. 1, 3) y en su última página nos dirá que la Jerusalén del cielo no necesitará ya del sol ni de la luna, “pues la gloria de Dios la ilumina, y su lámpara es el Cordero… allí no habrá noche” (Ap. 21, 23ss.)

          Pero es cierto que al hablar de la luz en la liturgia nos referimos sobre todo a Cristo. Es una de las imágenes preferidas en el Evangelio, como vemos en el prólogo de san Juan: “el Verbo era la luz verdadera que alumbra a todo hombre” (Jn. 1, 9) o en boca del mismo Jesús cuando nos dice: “Yo soy la Luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn. 8, 12). También el anciano Simeón, el día de la Presentación de Jesús en el Templo, lo había proclamado como “Luz para alumbrar a las naciones” (Lc. 2, 32).

          En la liturgia de la Iglesia, de todos los signos que nos hablan de Cristo luz, hay uno que destaca sobre todos: el cirio pascual. La palabra “cirio” viene del latín “cereus” (de cera), el producto de las abejas. El cirio pascual, que se enciende en la Vigilia Pascual es un símbolo de Cristo resucitado, Luz del mundo, que está siempre presente en medio de su pueblo; por eso, permanece encendido durante todas las celebraciones litúrgicas del tiempo pascual, situado sobre una columna o pie convenientemente adornado. Para entender el significado del cirio pascual, mucho más grande que cualquier otra vela de las que se utilizan en la Iglesia a lo lardo del año, y decorada de una forma muy especial, es necesario remontarnos a la celebración de la Vigilia Pascual, en la noche que precede al Domingo de Resurrección, a la que san Agustín llama “madre de todas las santas Vigilias”.

          Si miramos al cirio pascual, veremos que tiene una serie de dibujos e inscripciones. ¿Cuáles es su significado? Para entenderlo, lo vemos en la Vigilia Pascual, en el momento en que se bendice el cirio, justo antes de que se encienda su llama del fuego pascual. Veamos cuáles son estas inscripciones y lo que significan:

  1. La cruz: es signo de Cristo, y más concretamente de su sacrificio redentor, de sus padecimientos, que sufrió por amor a nosotros. Nos recuerda que el Resucitado, a quien representa el cirio pascual, es el mismo que fue crucificado y murió por nosotros.

En la liturgia de la Vigilia Pascual, el sacerdote traza la raya vertical de la cruz diciendo: “Cristo ayer y hoy”, y la horizontal diciendo: “Principio y fin”.

  1. Las letras griegas alfa y omega: son la primera y la última letra del alfabeto griego. Nos recuerdan que Cristo es el comienzo y el fin de todas las cosas. Esta designación aparece varias veces en el libro del Apocalipsis: “Dice el Señor: Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que ha de venir, el Todopoderoso” (Ap. 1, 8; cf. 21, 6; 22, 13). Nos recuerdan también que la Palabra de Dios es eterna y nos hablan de que ahora y siempre Cristo está vivo en su Iglesia, dándole la fuerza para afrontar un año más.

En la liturgia de la Vigilia Pascual, al tocar o trazar estas dos letras, el sacerdote nos recuerda: “Cristo, Alfa y Omega”.

  1. El año presente: en el cirio pascual se graba también el año en el que estamos, como signo de la presencia de Cristo no sólo al principio y al final de los tiempos, sino a lo largo de toda la historia; concretamente aquí y ahora, entre los que estamos reunidos alrededor del cirio pascual.

Mientras el sacerdote traza o toca estos números al comienzo de la Vigilia Pascual, dice lo siguiente: “Suyo es el tiempo / y la eternidad / a él la gloria y el poder / por los siglos de los siglos. Amén.”

  1. Los granos de incienso: en muchos lugares es costumbre también insertar en el cirio pascual cinco granos de incienso, colocados, uno en el centro de la cruz y los otros cuatro en cada uno de sus extremos. Simbolizan las cinco llagas de Jesucristo en la cruz, que conserva también en su cuerpo glorioso y resucitado.

En el momento de clavar los granos de incienso en el cirio, el sacerdote pronuncia una frase dividida en cinco partes, una para cada uno de ellos: “Por sus llagas / santas y gloriosas / nos proteja / y nos guarde / Jesucristo nuestro Señor. Amén.”

          En la celebración de la Vigilia Pascual, el cirio pascual, marcado con la cruz y con el signo de las llagas de Cristo, se convierte, por un momento, en signo de Jesucristo sepultado en la tumba, sin vida. Pero en ese momento se coge una llama del fuego pascual, que enciende el cirio y le da vida: la Luz del mundo ha regresado, ha vuelto de la penumbra de la muerte, y con ella la Iglesia vuelve a la vida y nosotros mismos tenemos la luz.

En efecto, es importante recordar que Cristo, luz del mundo, nos ha obtenido la salvación por su victoria sobre la muerte. Por eso, todos los cristianos estamos llamados también a ser luz del mundo (cf. Mt. 5, 14-16) con la luz de Cristo, a disipar la oscuridad de nuestro corazón llenándonos de la luz de Cristo, pues solo ella puede guiarnos por el camino verdadero que lleva a la vida, sólo la luz de Cristo puede eliminar nuestras oscuridades interiores, nuestros pecados y hacernos llevar así una vida acorde con nuestro ser cristiano. Esto se expresa en la Vigilia Pascual cuando, después de encender el cirio pascual y entrar en la iglesia, que permanece a oscuras, cada uno de los participantes encienda del cirio pascual una vela, iluminando así la oscuridad del templo con la luz de las velas.

          Además de este simbolismo de la luz, el cirio pascual es signo también de ofrenda, concretamente de la ofrenda de su vida que hizo Cristo en la cruz y que se perpetúa cada día en la celebración de la Eucaristía. En efecto, la cera se va consumiendo poco a poco en honor de Dios y de esta manera esparce su luz sobre los que están allí congregados.

         Por último, fuera del contexto de la Vigilia Pascual y del tiempo pascual, el cirio pascual está presente también en la celebración del Bautismo y en la celebración de las exequias, es decir, al principio y al término de la vida temporal, para significar que el cristiano participa de la luz de Cristo a lo largo de todo su camino en este mundo, como garantía de su definitiva incorporación a la Luz de la vida eterna.

          El día del Bautismo, el cirio pascual nos recuerda que por el sacramento del Bautismo también nosotros hemos muerto con Cristo y hemos resucitado a una vida nueva, la vida de Cristo, la vida resucitada y, en consecuencia, “si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios” (Col. 3, 1). El día del entierro, la luz del cirio pascual evoca el día de nuestro Bautismo para que recordemos que no sólo el alma vive eternamente, sino que también nuestro cuerpo está llamado a resucitar, ese mismo cuerpo que fue incorporado a Cristo por el Bautismo y se ha alimentado con el Cuerpo de Cristo en la Eucaristía.

          Termino con unas palabras preciosas del pregón pascual, que se proclama en la Vigilia del mismo nombre, y que son una exaltación del cirio pascual:

Sabernos ya lo que anuncia esta columna de fuego,
ardiendo en llama viva para gloria de Dios.
Y aunque distribuye su luz,
no mengua al repartirla,
porque se alimenta de esta cera fundida,
que elaboró la abeja fecunda
para hacer esta lámpara preciosa.

Te rogarnos, Señor, que este cirio,
consagrado a tu nombre,
arda sin apagarse
para destruir la oscuridad de esta noche,
y, como ofrenda agradable,
se asocie a las lumbreras del cielo.
Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo,
ese lucero que no conoce ocaso
y es Cristo, tu Hijo resucitado,
que, al salir del sepulcro,
brilla sereno para el linaje humano,
y vive y reina glorioso
por los siglos de los siglos.

José García,